miércoles, 16 de mayo de 2018

Al Final del Camino - Capítulo 1


¡Qué solos se quedan los muertos!

Él siempre pensó que la edad le traería de golpe sus desaciertos en la vida. Y así fue. Su deterioro humano jamás se detuvo con la edad. Aunque no era tan viejo sabía que cada año que transcurría parecía como si se volcara ante él con truenos y relámpagos en días de tormentas. El resplandor  atravesaba la oscuridad de su apartamento, agrietando el flujo sombrío y oscuro de la noche.

Sus decisiones ahora viajan en distintas direcciones mientras su vida irónicamente continuaba.

—Es el destino de algunos seres que están destinados a esperar un momento de paz que lo más probable nunca llegará—, me decía. 

Decidió desde muy joven caminar en las sombras para pasar desapercibido. Quiso huirle a la sensación de compañía que siempre lo había perseguido. Por eso acondicionó su alma y su espíritu hacia un destierro emocional que lo apartara lejos de la gente.

Cuando se miraba en el espejo, veía su semblante y veía su pasado. 

Un halo profundo lo traía de vuelta a su realidad. Una realidad que lo tiraba con fuerza cada día como si fuera un personaje caminando en la cuerda floja. Él observaba las noticias y los acontecimientos que sucedían en Puerto Rico, como si escuchara un duelo mortal interminable.

Su música estremecía su interior de una manera mágica, perversa y depresiva. Ese sonido le devolvía en segundos su sentido de existencia. Un elemento misterioso que con aquel fluido espiritual que solo se desprendía de las guitarras eléctricas y las voces, hacían vibrar las paredes y las ventanas.

Se frotaba en el baño esa noche, tratando de escapar y dejar a un lado las imágenes sexuales que siempre lo habían acompañado. La obertura rítmica de “Wish you were here” seguía su curso, cuando la máquina de mensajes interrumpió la sesión sagrada de ritmo que penetraba el espacio oculto de su habitación. Una voz anónima, sin identificar le dijo que Pablo había muerto.

Al concluir el mensaje, una nube tenebrosa se apoderó de su cuarto, inundó la cama y acostado boca arriba, miraba el techo con los ojos perdidos mientras se iba en un viaje. Esa voz reconocible lo detuvo. Paró en seco cualquier deseo erótico que caminó en ese instante cerca de la masturbación. Había estrujado de tal forma las paredes de su cuarto que ese espacio astral, único y clandestino había quedado al descubierto.

Después de varias horas de haber bordeado el hemisferio oculto de la locura mental y a pesar de cómo él se sentía, decidió salir de su encierro. Se puso ropa ligera y colocó la cajetilla de cigarrillos en su bolsillo y salió despacio hacia donde lo estaban velando. Sabía que en algún momento lo llevarían a la funeraria, se le rezaría un  padre nuestro y ahí terminaría todo.

Tenía una sensación extraña en su piel, sentía que estaba imitando a algún pariente sombrío, listo para despedirse de su amigo.  Trató de entrar en silencio pero lo reconocieron de inmediato. Luego de los saludos que se sobran en momentos como esos; el cuerpo estaba frente a él. Frente a sus ojos. En una caja simple, de madera y vestido de punta en blanco. Lucía sereno por primera vez. Como si hubiese visto un ángel que lo esperaba en cualquier sitio.

Al verlo en ese momento concluyó definitivamente que la consecuencia final de cada vida es la muerte. No había forma de escapar de ella. Comprendió perfectamente las palabras de “Tito”, que llegaron de visita a su conciencia;
—“es que tú tienes que vivir cada día como si fuera el último”— le decía

Él se sentía intranquilo, incómodo. A pesar de la tristeza de haber perdido a su amigo, de cierto modo encontró algo de fortaleza en el estado de conciencia que siempre le proveyó algo de serenidad a lo largo de su vida: una profunda soledad. El estado perpetuo de aislamiento total y constante que lo había llevado a un proceso existencial.

Las circunstancias de entonces tuvieron un efecto devastador. Él decía que las circunstancias obran por sí mismas. Son autónomas. No se debían a nada y mucho menos a nadie. Carecían de lealtades. Afectaban la vida y los espacios de cada uno. Hacían su trabajo con éxito y sin piedad. No existía una forma real para hacerle frente. Añadía que esas mismas circunstancias, después de consumir la mayor parte de su vida, se convirtieron en situaciones fuera de su control, destruyendo a su paso su sintonía humana.

Frente a ese semblante inmóvil, incierto y callado, escuchó cómo en ese apartamento le dijeron tantas cosas. Sobre todo quiénes fueron sus amigos. Parado en una esquina, sólo y sin decir una palabra. En su mente deseó que supieran que a diferencia de ellos, sobrevivió los embates de las fuerzas ocultas de su espíritu. Él estaba vivo. En ese preciso instante, supo que justo en el momento de la verdad; pudo cambiar.

Mientras fumaba en la sala, pensaba en los libros que compartió y discutió innumerables veces. Una leve brisa que reconoció entonces le trajo las rimas de Bécquer que cuando joven las estudió en la escuela. En aquellos días cuando los libros caminaron junto a él. Esas rimas dieron vueltas sin parar en todo aquel paisaje fúnebre y se acercaron de pronto para irse sin dejar rastro. Sólo se quedó en el ambiente, el dulce sonido de una voz lejana, como si fuera de ultratumba, recitando en silencio:

“Ante aquel contraste
de vida y misterio.
De la luz y tinieblas,
Yo pensé un momento
-¡Dios mío, qué solos!
se quedan los muertos!”.

Gustavo Adolfo Bécquer – Rimas LXXIII

Capítulo 1, Al Final del Camino, novela escrita por José Carlo Burgos. © Todos los derechos reservados, 2018. 
Prohibida la reproducción total o parcial sea digital o copias digitales sin previa autorización del autor. Ilustración: José Carlo Burgos




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