Páginas

8/10/2026

Un gobierno incapaz de gobernar

 


Puerto Rico atraviesa una de las crisis más preocupantes de los últimos años. La falta de agua que afecta a numerosos sectores del área metropolitana ya no puede entenderse como un problema aislado ni como una interrupción pasajera de un servicio público. Desde el 7 de agosto, el Gobierno estableció un sistema de racionamiento de agua que somete a decenas de miles de ciudadanos a ciclos de hasta 48 horas sin servicio.

Pero las cosas no surgen por generación espontánea.

La sequía, las temperaturas extremas y los efectos asociados al fenómeno de El Niño han contribuido al deterioro de las reservas de agua. De manera similar debemos admitir que mientras una parte significativa del territorio puertorriqueño enfrenta condiciones de sequía, Julio de 2026 fue el mes más seco registrado en San Juan en más de 120 años. 

Pero existen otros factores: el estado de nuestra infraestructura y la capacidad del Gobierno para anticipar, planificar y responder ante una emergencia que era previsible.

Porque una cosa es que un gobierno no pueda controlar el clima. Otra muy distinta es que no esté preparado para enfrentar sus consecuencias.

En ese sentido, nos preguntamos: ¿está nuestro Gobierno realmente preparado para gobernar?

Gobernar no consiste únicamente en reaccionar cuando una crisis ya ha alcanzado proporciones extraordinarias. Gobernar significa anticiparse, establecer planes de contingencia, coordinar agencias, trabajar con los municipios y garantizar que los servicios esenciales puedan mantenerse aún bajo circunstancias adversas.

El agua y la energía eléctrica no son servicios secundarios. Son parte de la infraestructura indispensable para que una sociedad pueda funcionar.

Sin embargo, la realidad que experimentamos parece ser otra. La ciudadanía recibe comunicados, calendarios de interrupciones, recomendaciones para almacenar agua y llamados a conservarla, mientras miles de personas se preguntan cuándo volverán a tener un servicio regular.

La sequía puede explicar parte de la emergencia. No explica por sí sola la fragilidad de un sistema que llega a ella sin suficiente capacidad de respuesta.

Y esa diferencia es sencillamente abismal.

Por otra parte, uno de los ejemplos más reveladores ha sido lo ocurrido entre el municipio de San Juan y el Gobierno central.

El alcalde Miguel Romero ha reclamado públicamente soluciones ante los problemas recurrentes de agua que afectan distintos sectores de la capital. Incluso antes de que se implantara el actual sistema de racionamiento, numerosos sectores llevaban meses enfrentando interrupciones y dificultades con el servicio.

En este contexto ocurrió un episodio particularmente revelador.

En el programa Primer Round, Leo Aldridge relató que el alcalde había acudido a La Fortaleza para reunirse con la gobernadora Jenniffer González y discutir precisamente la situación del agua. Según el relato de Aldridge, Romero abandonó la reunión después de esperar más de una hora sin ser recibido.

Más allá de las diferencias políticas que puedan existir entre el municipio y el Gobierno central, el episodio plantea una pregunta elemental: ¿qué puede ser más importante que atender al alcalde de la capital cuando el asunto que lo lleva a La Fortaleza es la falta de agua que afecta a sus ciudadanos?

El problema, entonces, deja de ser solamente administrativo.

Se convierte en un problema de responsabilidad pública.

Y es precisamente la desidia del poder ejecutivo lo que provoca que el alcalde de la ciudad más importante exprese directamente que en efecto es un peligro estar gobernados por esta administración.

Asimismo, a esto se le añade la controversia que ha rodeado a varios funcionarios de la administración de Jenniffer González.

Francisco Domenech, quien ocupaba la Secretaría de la Gobernación, anunció su salida del cargo en medio de una investigación del Panel sobre el Fiscal Especial Independiente. El PFEI autorizó ampliar una investigación relacionada con funcionarios de la Oficina de Gerencia de Permisos para incluir a Domenech y a la subsecretaria de la Gobernación, Itza García, con el propósito de determinar si existe responsabilidad legal, penal o administrativa.

Domenech ha rechazado las alegaciones en su contra y ha sostenido que contienen mentiras, medias verdades y tergiversaciones. Precisamente por eso es importante distinguir entre una investigación y una determinación de culpabilidad: una investigación no establece por sí misma que una persona haya cometido un delito.

Pero la existencia de la investigación sí constituye un asunto de enorme importancia política para una administración que tiene la obligación de mantener la confianza pública.

Cabría entonces preguntarse: ¿qué ocurre con la confianza ciudadana cuando una administración enfrenta simultáneamente una crisis de servicios esenciales y cuestionamientos sobre la conducta de algunos de sus principales funcionarios?

Luis Dávila Colón ha expresado, desde una posición particularmente crítica, una visión mucho más severa sobre lo que está ocurriendo dentro del Partido Nuevo Progresista y del Gobierno.

En una de sus intervenciones públicas, Dávila Colón llegó a describir al Partido como secuestrado por intereses que, según su interpretación, han convertido el Gobierno en un espacio dominado por contratos, favoritismos y relaciones de poder.

Sus palabras son fuertes. Pero independientemente de que compartamos o no la totalidad de su diagnóstico, hay algo que merece ser examinado: la percepción de que las instituciones públicas han dejado de responder prioritariamente a las necesidades del ciudadano.

Ese es el verdadero peligro.

Porque cuando un ciudadano no tiene agua, cuando enfrenta interrupciones eléctricas, cuando una empresa depende de una cisterna para mantener sus operaciones o cuando un suplidor del Gobierno no sabe cuándo recibirá el pago por un servicio ya prestado, el problema deja de ser ideológico.

Se convierte en una cuestión de funcionamiento institucional.

Pero esto no termina aquí.

No debemos dejar pasar la implementación del nuevo sistema financiero del Gobierno de Puerto Rico, el ERP (Enterprise Resource Planning), que entró en vigor durante el verano de 2026 con el propósito de centralizar y modernizar procesos financieros, presupuestarios y administrativos.

La intención del sistema puede ser razonable. Modernizar la administración pública y centralizar procesos financieros debería contribuir a una mayor eficiencia y transparencia.

Pero cualquier transformación tecnológica de esta magnitud requiere planificación, transición, capacitación y capacidad de respuesta. Cuando un sistema que interviene directamente en procesos de cuentas por pagar comienza a generar incertidumbre entre suplidores y contratistas, el problema deja de ser tecnológico y vuelve a convertirse en uno administrativo.

El propio Departamento de Hacienda estableció que el nuevo ERP centraliza procesos financieros y administrativos de las agencias gubernamentales, incluyendo las cuentas por pagar y cobrar.

La pregunta no es si debemos modernizar el Gobierno.

Por supuesto que debemos hacerlo.

La pregunta es si estamos implementando esas transformaciones con la planificación necesaria para evitar que quienes dependen del Estado terminen pagando el precio de una transición deficiente.

Em conclusión hemos comenzado a normalizar lo que nunca debería ser normal.

Normalizamos los apagones.

Normalizamos la falta de agua.

Normalizamos las carreteras deterioradas.

Normalizamos las filas, la burocracia y la incertidumbre.

Normalizamos que el ciudadano tenga que resolver por su cuenta aquello que el Estado debería garantizar como parte de sus responsabilidades fundamentales.

Y cuando eso ocurre, el problema ya no es solamente que un Gobierno sea incapaz de responder ante una crisis.

El problema es que la sociedad comienza a aceptar la incompetencia como una condición permanente.

Mientras miles de puertorriqueños almacenan agua, buscan cisternas, modifican sus rutinas y calculan cuánto tiempo podrán resistir sin un servicio esencial, la política continúa funcionando dentro de su propia burbuja.

No se trata de una cuestión partidista.

No se trata de defender al PNP, al PPD, al PIP o a cualquier otra organización política.

Se trata de algo mucho más elemental:

un Gobierno tiene la obligación de gobernar.

Y gobernar significa estar presente cuando la ciudadanía más lo necesita.

Porque cuando un pueblo tiene que preguntarse todos los días si tendrá agua, electricidad, servicios o respuestas, entonces el problema ya no es solamente una crisis de infraestructura.

Es una crisis de gobierno.

Y Puerto Rico no debería tener que acostumbrarse a vivir en ella.

Referencias

Colón, L. D. (2026, julio 17). Le pasaremos factura. La Mirilla.

Díaz, L., & Aldridge, L. (2026, agosto 7). Los Leo | Racionamiento | PPD vs. PIP | Demanda a LUMA | Hoy en Primer Round. Magic TV.

Departamento de Hacienda de Puerto Rico. (2026). Carta Circular de Finanzas Públicas Núm. 1300-01-27.

National Integrated Drought Information System. (2026, julio 23). Actualización del estado de la sequía en Puerto Rico y las Islas Vírgenes de los Estados Unidos.

6/10/2026

Carmen Yulín Cruz: ante un triunfo inesperado y su transformación actual

 


Carmen Yulín Cruz tras ser electa alcaldesa de San Juan, un triunfo que en 2012 se proyectó 
como una renovación política frente al bipartidismo tradicional. Parque Luis Muñoz Rivera, 
20 de diciembre de 2012. Foto: José Carlo Burgos.

Introducción

La figura de Carmen Yulín Cruz, exalcaldesa de San Juan, ha sido una de las más intensas y polarizantes de la política puertorriqueña reciente. Este ensayo reúne tres momentos escritos entre 2013 y 2018, revisados desde una misma pregunta: ¿cómo cambia nuestra percepción de un liderazgo político con el paso del tiempo, la experiencia y la distancia crítica?

Lo que comenzó como una lectura de esperanza terminó convirtiéndose en una reflexión más compleja sobre la imagen pública, el poder y la construcción del liderazgo político en Puerto Rico.



Celebración del triunfo electoral previo a su toma de posesión en enero de 2013, 
periodo en que su figura encarnaba altas expectativas ciudadanas. San Juan, Puerto Rico, 
20 de diciembre de 2012. Foto: José Carlo Burgos.


 

1. El triunfo inesperado de 2013

 

A siete meses antes de las elecciones, el Partido Popular Democrático lanzó su candidatura a la alcaldía de San Juan en un contexto de escepticismo generalizado. Su contrincante, el entonces alcalde Jorge Santini, parecía tener ventaja política y estructural.

Sin embargo, la campaña dio un giro inesperado. Carmen Yulín Cruz logró una victoria contundente que sorprendió a amplios sectores del país.

En aquel momento, su triunfo fue interpretado como una ruptura con el orden político tradicional. Sectores diversos, incluso más allá de su partido, vieron en ella una figura distinta, capaz de conectar con un país marcado por el desencanto.


Su vínculo con el movimiento estudiantil, su presencia en momentos de protesta y su discurso crítico frente a políticas de austeridad consolidaron una imagen de liderazgo cercano y desafiante. En su toma de posesión, incluso planteó la eliminación de la cuota universitaria y el restablecimiento de la autonomía de la Universidad de Puerto Rico, lo que reforzó su perfil como figura de cambio. Por un momento, su victoria fue leída como un símbolo de esperanza política.

 

2. La relectura del liderazgo en 2018

 

Cinco años después, esa misma victoria se observa desde otra perspectiva.

El contexto político que rodeó aquellas elecciones incluía un país desgastado por medidas económicas impopulares, debates sobre el modelo de gobernanza y un clima de desconfianza institucional.


En retrospectiva, surge una pregunta inevitable: ¿hasta qué punto aquella victoria fue solo el resultado de una ola de entusiasmo, y hasta qué punto respondió también a una construcción política más compleja?


A veces, las narrativas públicas funcionan como una pantalla perfectamente elaborada que impide ver la totalidad del fenómeno político.


Tras el huracán María en 2017, Carmen Yulín Cruz alcanzó una proyección internacional significativa, especialmente por sus intervenciones críticas hacia la respuesta del gobierno federal de Estados Unidos.


Sin embargo, esa visibilidad mediática fuera de Puerto Rico no siempre se tradujo en una consolidación política interna equivalente. Su figura comenzó a generar reacciones intensas y polarizadas: admiración profunda en unos sectores, rechazo igualmente marcado en otros.


En este punto, el liderazgo deja de percibirse solo como carisma o discurso, y comienza a entenderse también como estrategia, comunicación y construcción de imagen pública.

 

 

 

Tarima de la avanzada de Cruz durante el Paro General de Trabajadores en 2017. 

Para esta fecha, su discurso se inclinaba hacia la confrontación, 

marcando el inicio de su distanciamiento del liderato de su propio partido. 

San Juan, 1 de mayo de 2017. Foto: José Carlo Burgos



3. Una experiencia personal y una mirada crítica (2017–2018)


El 1 de mayo de 2017, durante el paro general en Puerto Rico contra la Junta de Supervisión Fiscal, estuve presente en la avenida Ponce de León en Hato Rey. En medio de la cobertura del evento, intenté acceder a una tarima de prensa en la que se encontraba la alcaldesa. Tras verificar mi credencial, se me preguntó por el medio de comunicación. Al tratarse de un medio digital independiente, se me impidió el acceso.

Decidí retirarme y continuar la cobertura desde otro punto. Aquella decisión, aunque aparentemente menor, me permitió obtener otras imágenes que de otro modo no habría capturado.


Sin embargo, la experiencia dejó una impresión más amplia sobre la relación entre poder, acceso y comunicación en escenarios de crisis política.


Posteriormente, intenté gestionar apoyo para una exhibición fotográfica independiente, la cual no fue aprobada. Estas experiencias, vistas en conjunto, contribuyeron a una lectura más crítica del ejercicio del poder público y su relación con los espacios culturales y mediáticos.


Desde esa perspectiva, el liderazgo político no se evalúa únicamente por sus discursos, sino también por sus prácticas cotidianas y sus formas de interacción con distintos sectores.

 

4. Imagen pública, poder y percepción

 

Tras el huracán María, la figura de Carmen Yulín Cruz se consolidó como una de alto perfil mediático internacional. Sus expresiones críticas hacia la administración federal de Estados Unidos la situaron en el centro del debate público global.

No obstante, en el contexto local, esa visibilidad no siempre se tradujo en una aceptación política homogénea. Más bien, reforzó la polarización existente.

Esto plantea una paradoja frecuente en la política contemporánea: la distancia entre la proyección internacional de una figura pública y su impacto real en la política local.


La política no ocurre en el vacío. Se construye mediante estrategias, narrativas y formas de comunicación que operan tanto en lo simbólico como en lo institucional.

 

5. Reflexión final

 

En lo personal, mi mirada sobre Carmen Yulín Cruz ha evolucionado con el tiempo. La respeto como figura pública y como mujer. Sin embargo, mi percepción de su liderazgo se ha vuelto más crítica, no desde el rechazo absoluto, sino desde la observación de las tensiones entre imagen, discurso y realidad política.

No toda figura pública puede ser reducida a una sola interpretación. Pero sí es posible reconocer que el poder siempre se construye entre la percepción y la experiencia.

 

Epílogo (2026)

 

Años después de aquellos textos, la exalcaldesa ha continuado participando en el debate público puertorriqueño mediante intervenciones en medios de análisis político, incluso tras su salida del Partido Popular Democrático.

Aunque su influencia política ya no ocupa el mismo lugar central que en años anteriores, su figura sigue generando discusión y lectura crítica.

Más allá de su trayectoria futura, lo que permanece es la reflexión que su paso por la alcaldía dejó abierta: la distancia entre la imagen pública del liderazgo político y la complejidad real del ejercicio del poder en Puerto Rico.

6/08/2026

El costo de la verdad

 


El despido del veterano periodista Scott Pelley de 60 Minutes, el programa de noticias más visto de Estados Unidos, constituye mucho más que un cambio administrativo dentro de una empresa de comunicaciones. Para muchos observadores, representa una señal alarmante sobre las crecientes presiones políticas e ideológicas que enfrentan los medios de comunicación y sobre los riesgos que ello supone para la libertad de prensa y de expresión en una sociedad democrática.

Hay que destacar que cuando hablamos de 60 Minutes hacemos referencia a uno de los espacios periodísticos más influyentes de la televisión norteamericana. Desde su debut en CBS en 1968, el programa ha sido hogar de algunos de los periodistas más respetados de su generación. Mike Wallace, Ed Bradley, Leslie Stahl, Anderson Cooper y Scott Pelley forman parte de una tradición profesional construida sobre el rigor investigativo, la profundidad de sus reportajes y la voluntad de confrontar al poder cuando las circunstancias lo requieren.

Consagrada en la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, la libertad de prensa protege el derecho de recabar información y difundirla sin interferencias indebidas del poder político. Como señalan diversos estudios sobre el tema, en los sistemas autoritarios los juicios secretos, la censura y el encarcelamiento suelen convertirse en herramientas para restringir el flujo de información y controlar la narrativa pública. Aunque Estados Unidos dista de ser una sociedad totalitaria, resulta imposible ignorar ciertas tendencias que han ido erosionando la confianza en las instituciones periodísticas y que amenazan con normalizar formas más sutiles de presión y represalia.

Desde su llegada a la política nacional, Donald J. Trump ha sostenido en numerosas ocasiones que la prensa constituye "el enemigo del pueblo". La expresión no es trivial. A lo largo de su trayectoria política ha mantenido una relación conflictiva con numerosos medios de comunicación y periodistas. Uno de los episodios más recordados ocurrió en 2018, cuando al periodista Jim Acosta se le revocaron temporalmente sus credenciales de acceso a la Casa Blanca tras un enfrentamiento con la administración. Aquella controversia fue interpretada por muchos como un intento de intimidar a una prensa cada vez más crítica.

Mientras tanto, figuras mediáticas afines al discurso político del presidente, como Alex Jones, Steve Bannon o Ann Coulter, han disfrutado de una influencia considerable sin enfrentar niveles comparables de hostilidad por parte de quienes hoy denuncian los excesos de la prensa tradicional. Esa asimetría ha contribuido a profundizar la polarización y a debilitar la confianza pública en los medios informativos.

Los acontecimientos recientes en CBS News parecen formar parte de un cuadro más amplio. A finales de mayo fueron despedidas las corresponsales Cecilia Vega y Sharyn Alfonsi, así como la productora ejecutiva Tanya Simon, en medio de una profunda reorganización de 60 Minutes. Pocos días después, Scott Pelley fue separado de la cadena tras cuestionar abiertamente las decisiones de la nueva administración editorial encabezada por Bari Weiss y el productor ejecutivo Nick Bilton.

La controversia no surgió de la nada. Durante años, algunos periodistas vinculados al programa han denunciado presiones editoriales y desacuerdos sobre el manejo de determinados temas políticamente sensibles. En el caso de Cecilia Vega, resulta imposible olvidar aquel momento de 2018 en que Trump respondió a una de sus preguntas con una expresión cargada de desprecio: “I know you're not thinking, you never do”. Más allá del incidente particular, el mensaje era claro: desacreditar al periodista para debilitar la legitimidad de la pregunta.

Las tensiones internas que culminaron con la salida de Pelley comenzaron a hacerse visibles tras la llegada del nuevo productor ejecutivo, Nick Bilton. En una entrevista reciente concedida a Lulu García-Navarro para The New York Times, el veterano periodista describió el profundo malestar que provocó entre la redacción el mensaje inicial enviado por la nueva administración de CBS News.

Según Pelley, Bilton sugirió que el programa había quedado congelado en el tiempo desde 1968, una apreciación que muchos interpretaron como un menosprecio hacia la trayectoria de un espacio informativo que ha definido el periodismo televisivo estadounidense durante décadas. El periodista afirmó que sintió la necesidad de defender no solo la transmisión, sino también a las personas que la hicieron posible.

Sus palabras resultan particularmente reveladoras: detrás de cada investigación, de cada corresponsal enviado a una zona de guerra y de cada productor que documenta acontecimientos de alto riesgo existe una comunidad profesional unida por vínculos forjados en circunstancias extraordinarias. Para Pelley, el verdadero problema no era únicamente el contenido del mensaje, sino la impresión de que quienes hoy dirigen CBS News desconocen la naturaleza de ese compromiso humano y profesional que durante décadas distinguió a 60 Minutes.

Ese tipo de menosprecio, ya sea hacia periodistas individuales o hacia instituciones enteras, ha servido como antesala de un fenómeno más preocupante: la erosión gradual de la confianza en la verdad verificable. Cuando se desacredita sistemáticamente a quienes investigan, cuestionan o fiscalizan el poder, se crea el terreno fértil para que prosperen las medias verdades, la desinformación y la propaganda.

En ese contexto, el caso de Scott Pelley adquiere una dimensión particularmente simbólica. Según diversos reportes, el periodista cuestionó internamente las decisiones adoptadas por la nueva dirección de CBS News y denunció intentos de alterar estándares editoriales que durante décadas definieron la reputación de 60 Minutes.

Sus críticas provocaron un enfrentamiento abierto con la gerencia y culminaron con su despido. Lo ocurrido ha generado preocupación tanto dentro como fuera de la industria periodística por las posibles implicaciones para la independencia editorial de uno de los espacios informativos más respetados de la televisión estadounidense.

Más allá de las simpatías o diferencias ideológicas que puedan existir respecto a Pelley, la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿qué ocurre cuando las decisiones corporativas, los intereses políticos y las presiones económicas comienzan a influir sobre la producción de noticias? La respuesta es inquietante. El periodismo deja de servir al interés público y comienza a responder a intereses particulares.

La prensa rigurosa, aquella que verifica, contrasta y contextualiza los hechos, suele convertirse en un obstáculo para quienes aspiran a controlar la narrativa pública. Por ello, no resulta extraño que algunos sectores busquen desacreditarla, debilitarla o transformarla en un instrumento dócil. Cuando la rentabilidad, la influencia política o los cálculos estratégicos sustituyen los principios periodísticos, la dignidad profesional y el compromiso con la verdad quedan subordinados a otros intereses.

Cuando eso sucede, conceptos fundamentales como la libertad de expresión y la libertad de prensa dejan de ser garantías reales para convertirse en meras consignas. La historia demuestra que los ataques a la prensa rara vez comienzan con censura abierta; con frecuencia se inician mediante la intimidación, el descrédito, la presión económica o la sustitución progresiva de voces independientes por otras más complacientes.

Lo ocurrido en 60 Minutes debe servirnos como advertencia. No se trata únicamente del futuro de un programa de televisión ni del despido de un periodista reconocido. Se trata de la fragilidad de las instituciones encargadas de fiscalizar el poder y de la facilidad con que pueden ser transformadas cuando convergen intereses políticos, económicos e ideológicos.

La verdad tiene un costo. Y cuando una sociedad deja de estar dispuesta a pagarlo, termina pagando uno mucho mayor: la pérdida de su capacidad para distinguir entre la realidad y la propaganda.

5/26/2026

La erosión sistémica de la libertad nos deja a merced del poder ¿Cuándo el poder decide qué voces permanecen?

 


Este escrito examina las expresiones del presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones, Brendan Carr, durante la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), en el marco de una erosión sistémica que pretende castigar y condicionar el discurso disidente por razón de su contenido. 

En ese contexto, se analizan dos decisiones del Tribunal Supremo de Estados Unidos: Tinker v. Des Moines y Hustler Magazine, Inc. v. Falwell, con el propósito de reafirmar que el discurso protegido por la Primera Enmienda incluye expresiones incómodas, ofensivas y satíricas, particularmente cuando estas se dirigen a figuras públicas o personalidades influyentes dentro del ecosistema nacional de información y noticias. 


Este referente jurídico se enfrenta hoy a un entorno político y mediático que trasciende una administración específica para convertirse, peligrosamente, en una norma ideológica orientada a legitimar el control o monopolio de la información desde el poder del Estado.


El 24 de febrero de 1969, el Tribunal Supremo de Estados Unidos falló a favor de unos estudiantes en el histórico caso Tinker v. Des Moines, dictaminando que la libertad de expresión se defiende incluso dentro de las aulas. Casi dos décadas después, en 1988, el mismo tribunal blindó el derecho a la sátira y al insulto político en el caso Hustler Magazine contra Falwell. Ambas decisiones históricas trazaron una línea clara: en una democracia, el disenso y la provocación son derechos inalienables frente al control estatal.


Sin embargo, el panorama actual es alarmante. 


Más allá de las fronteras de una administración norteamericana de turno, la idea misma de conmocionar, silenciar y cancelar las expresiones libres formula un estado de peligrosidad presente y futuro. Hoy, la erosión sistémica de esta libertad nos está dejando, peligrosamente, a merced del poder.


El peligro ya no es una hipótesis de escuela de derecho. Si pensamos por un momento en el rol del Ejecutivo actual, observamos cómo quien dirige las pautas de la comunicación pública se ha dedicado a asfixiar la independencia mediática mientras se fortalecen monopolios de información afines a su entorno ideológico. 


¿En dónde estamos parados cuando el árbitro del juego celebra abiertamente la caída de las voces disidentes?


La respuesta es tan explícita que asusta. Según reportó la cadena internacional Democracy Now!, el propio presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC), Brendan Carr, celebró recientemente la cancelación del programa satírico de Stephen Colbert como parte de una campaña sistemática liderada por Donald Trump contra los medios tradicionales.


Durante la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), Carr sentenció con un tono de victoria: "El presidente Trump se enfrentó a los medios de comunicación que difunden noticias falsas y está ganando. Miren los resultados hasta ahora: PBS sin financiación, NPR sin financiación, Joy Reid fuera de MSNBC, el soñoliento Chuck Todd fuera, Jim Acosta fuera, John Dickerson fuera, Colbert se va, CBS tiene nuevos dueños y pronto CNN también tendrá nuevos miembros".


La declaración es una radiografía del colapso democrático. Cuando el organismo encargado de garantizar la neutralidad de las frecuencias celebra el desmantelamiento de la prensa pública y el descabezamiento de las mesas de opinión, la libertad de prensa deja de ser un derecho para convertirse en una concesión condicionada a la obediencia.


En resumen, aparte de que la administración Trump no tolera la verdad ni la libertad de expresión el legado de esta administración ha estado basado dentro de una visión distorsionada del poder en el que la burla y el menosprecio son armas para desmantelar el discurso crítico. Y cuando una sociedad normaliza estas conductas, la democracia se destruye a pasos agigantados.


Es imposible ignorar que, entre los defensores de esta presidencia, han figurado individuos como Alex Jones (InfoWars), Steve Bannon (Breitbart News) y Ann Coulter, todos promotores de una agenda extremista que menosprecia las minorías. Manipula la opinión pública y fractura la nación dentro de un conflicto ideológico sin precedentes.


Bajo el amparo de una religiosidad hipócrita, esta administración ha intensificado su ataque contra la diversidad y la comunidad hispana. Ha fomentado una retórica divisiva que ha llevado a más del 30% de la población a creer que el periodismo es el enemigo, cuando en realidad es uno de los últimos bastiones contra la injusticia y la corrupción.


En ese sentido, el fin justifica los medios en esta presidencia, y la prueba está en su estructura de poder: una maquinaria calculada que explotó cada grieta del sistema para instalar un modelo que socava la democracia. El resultado es un país más dividido que nunca, donde la verdad es una víctima más del juego político.


Un juego que podría exceder esta administración y transformarse en punta de lanza para que otra administración pueda utilizar estos mismos preceptos para perpetuar un sistema cuyo monopolio en torno a la libertad de expresión y la comunicación pública pueda mancillar nuestra vida de aquí en adelante.

5/13/2026

Cultura de cancelación: erosión de la integridad personal e individual


La cultura de cancelación no silencia únicamente voces; también pone a prueba la tolerancia, el debate y los límites mismos de la libertad de expresión en la era digital.

Sin duda, el presente periodo histórico ha estado matizado por múltiples intentos de cancelar, silenciar o desacreditar a quienes disienten de determinadas posturas políticas, ideológicas o culturales. Incluso desde la propia presidencia norteamericana se han impulsado dinámicas de confrontación dirigidas hacia periodistas, comediantes y figuras públicas críticas de la administración. Tan reciente como el pasado 28 de abril, el presentador Jimmy Kimmel tuvo que defender públicamente el derecho a la libertad de expresión luego de que comentarios realizados en su programa provocaran presiones hacia ABC para solicitar su despido.

Contrario a la búsqueda consensual de ideas y al intercambio abierto de perspectivas, la cultura de cancelación se configura, como expresa Jonathan Rauch, dentro de un espacio que opera como un campo de batalla simbólico, en el cual se intenta “organizar, desmoralizar y manipular” mediante campañas de presión pública, desinformación o exclusión social. La cancelación no solamente pretende castigar una idea; frecuentemente procura desacreditar a la persona, erosionar su reputación y excluirla de los espacios de interacción profesional, académica o mediática.

Sus defensores argumentan que determinadas formas de denuncia pública pueden constituir mecanismos legítimos de responsabilidad social frente a expresiones discriminatorias o abusivas. Sin embargo, el problema emerge cuando tales dinámicas dejan de promover la deliberación y pasan a operar mediante intimidación, coerción social o campañas de hostigamiento dirigidas a destruir la credibilidad individual.

Si miramos retrospectivamente, podríamos identificar múltiples ejemplos de cancelación pública. Uno de los casos más notorios ocurrió en 1989, cuando el líder supremo iraní Ruhollah Khomeini promovió una campaña contra el escritor Salman Rushdie tras la publicación de Los Versos Satánicos. Khomeini declaró públicamente que la obra atentaba contra el Islam e instó al asesinato del autor y de cualquier persona vinculada a la publicación del libro. Con recompensas millonarias y múltiples ataques violentos relacionados con la novela, el caso representó una de las formas más extremas y literales de cancelación: la eliminación física y simbólica del adversario.

En Puerto Rico, un fenómeno distinto, aunque igualmente relacionado con la presión colectiva y mediática, ocurrió en 2013 con la salida del aire de SúperXclusivo por WAPA TV. Luego de expresiones realizadas por el personaje de La Comay sobre el asesinato del publicista José Enrique Gómez Saladín, se desarrolló una intensa campaña de rechazo público en redes sociales, incluyendo el movimiento “Todos Somos Enrique”. El retiro masivo de auspiciadores y la presión digital terminaron provocando la salida del programa luego de catorce años de transmisión. Más allá de la controversia particular, el caso evidenció cómo las plataformas digitales pueden convertirse en mecanismos de movilización colectiva capaces de afectar reputaciones, contenidos y estructuras mediáticas completas.

Otro ejemplo significativo ocurrió en el ámbito académico con Rebecca Tuvel. En 2017, la académica publicó un artículo en la revista feminista Hypatia defendiendo la discusión filosófica sobre la transracialidad. Aunque el texto había sido revisado y aprobado académicamente, provocó una intensa reacción pública en redes sociales y dentro de sectores universitarios. Cientos de académicos firmaron cartas exigiendo la retractación del artículo y una disculpa pública de la autora. En redes sociales, Tuvel fue objeto de ataques personales, insultos y cuestionamientos dirigidos incluso a exigir su despido. El caso reflejó cómo determinadas dinámicas digitales pueden desplazar el debate racional para sustituirlo por mecanismos de presión moral y exclusión pública.

Estos casos evidencian cómo la cultura de cancelación ha logrado insertarse dentro de la mediación social contemporánea. Según Rauch, algunos de sus efectos más visibles incluyen:

1. Castigar a la persona en lugar de debatir la idea.

2. Reducir la diversidad de expresión.

3. Incentivar la demagogia y el extremismo moral.

4. Destruir reputaciones y credibilidad pública.

5. Promover dinámicas de intimidación y acoso colectivo.

De manera similar, John McWhorter sostiene en su libro Woke Racism: How a New Religion Has Betrayed Black America que en numerosos espacios universitarios y sociales prevalece una forma de censura autoimpuesta basada en el temor al rechazo público. Diversas encuestas realizadas durante los últimos años reflejan que una parte considerable del estudiantado universitario evita expresar opiniones controvertibles por miedo a represalias sociales o académicas. Cuando estos temores se trasladan al ecosistema digital, el riesgo de exclusión pública se amplifica exponencialmente.

En este contexto, las redes sociales y plataformas digitales adquieren un rol central. La teórica José van Dijck sostiene que las plataformas contemporáneas no son espacios neutrales, sino estructuras programadas que organizan y condicionan las interacciones humanas. Entre sus características principales destacan:

Programación: capacidad de las plataformas para dirigir contenido mediante algoritmos y estructuras codificadas.

Popularidad: utilización de métricas y tendencias que amplifican determinados contenidos y narrativas.

Conectividad: integración acelerada de comunidades y alianzas digitales alrededor de intereses o causas comunes.

Dataficación: recopilación y análisis constante de información conductual para influir sobre dinámicas sociales, políticas y culturales.

Estas características permiten que campañas de presión, boicot o desprestigio adquieran una velocidad e impacto sin precedentes. La cultura de cancelación no opera únicamente desde individuos aislados; se desarrolla también dentro de arquitecturas digitales diseñadas para maximizar interacción, viralidad y reacción emocional.

De igual manera, doctrinas como “words that wound” (“las palabras hieren”), desarrolladas progresivamente en ambientes académicos y jurídicos estadounidenses desde finales del siglo XX, contribuyeron a consolidar una sensibilidad institucional orientada a restringir expresiones consideradas ofensivas o perjudiciales. Aunque originalmente dichas iniciativas buscaban proteger a sectores vulnerables frente al hostigamiento o la discriminación, también abrieron debates complejos sobre los límites entre protección, censura y libertad de expresión.

En definitiva, la cultura de cancelación refleja una transformación profunda en las formas contemporáneas de interacción social. Las redes digitales han ampliado extraordinariamente la capacidad de participación pública, pero también han facilitado mecanismos de vigilancia moral, hostigamiento colectivo y destrucción reputacional. Cuando la discusión racional es sustituida por campañas de intimidación o exclusión, la deliberación democrática se debilita y la libertad intelectual comienza a erosionarse.

No obstante, algunos de estos intentos de cancelación también han encontrado resistencia. Rebecca Tuvel nunca fue despedida ni sancionada por su universidad, y la revista Hypatia jamás retractó su artículo. Posteriormente, diversos académicos defendieron públicamente su derecho a la libertad académica y a la discusión intelectual abierta. La propia Tuvel expresó posteriormente que aquella experiencia fortaleció aún más su defensa de la libertad de expresión y del intercambio crítico de ideas.

En una época profundamente marcada por las mediaciones digitales, preservar espacios de discusión abierta, tolerancia intelectual y disenso legítimo constituye uno de los mayores desafíos de las sociedades contemporáneas.


Referencias:
 
Dick, J. v. (2016). *La Cultura de la Conectividad: Una historia de las redes sociales*. Buenos Aires: Siglo XXI.

García Canclini, N. (2004). *¿De qué estamos hablando cuando hablamos de lo popular?* Diálogos en la acción, primera etapa, 153-165.

Gillespie, N. (2021). *Self Cancelation, Deplatforming and Censorship*. Reason, 2-12.

Jiménez, D. G. (2010). *Los impactos de la ideología técnica y la cultura algorítmica en la sociedad: una aproximación crítica*.
 
McWhorter, J. (2021). *Woke Racism: How a New Religion Has Betrayed Black America*. New York: Penguin Random House LLC.

Rauch, J. (2021). *The Constitution of Knowledge: A Defense of the Truth*. Washington: Brookings Institution Press.

Vega, T. (2012, December 16). *Commenting on a Death Gets Puppet in Trouble*. The New York Times.

Un gobierno incapaz de gobernar

  Puerto Rico atraviesa una de las crisis más preocupantes de los últimos años. La falta de agua que afecta a numerosos sectores del área me...