lunes, 21 de mayo de 2018

Al Finan del Camino - Capítulo 7

El silencio del final...

Ella se había ido definitivamente al igual que su juventud. Ella físicamente estaba lejos de ser la misma persona que era. Vivía sola en el más estricto silencio. Su profesión acaparó esos espacios ocultos cuando Pablo se fue. Se sumergíó las horas muertas, los minutos y segundos en su trabajo, dentro y fuera de la casa. Se mantenía ocupada todo el tiempo que podía. Así dejaba de pensar.

La noticia estremeció el ambiente de su apartamento, igual a un temblor de tierra, mientras cocinaba. Esa misma voz anónima que perturbó la paz del escritor, la llamó a ella minutos después y le dijo en segundos que Pablo había muerto. No entró en detalles. Las manos de la ex comenzaron a temblar, dejando caer la cuchara con la que meneaba la olla. Se agarró del tope de la barra temblando y corrió al baño a vomitar como si estuviera borracha.

Arrodillada frente a su inodoro, escupió la bilis porque no tenía nada en su estómago. Se levantó con mucha dificultad y se enjuagó la boca. Salió del baño agarrándose y dando tumbos como si le hubieran dado una pela, hasta llegar al sofá. Las escenas sexuales de aquellos días se colaban sin explicación y la atacaban frenéticamente. Siempre supo que Pablo fue el único hombre con quién logró ese éxtasis al que llegan ciertas mujeres cuando gritan durante el orgasmo.

De pronto, se levantó violentamente, agarró el teléfono y lo lanzó a la puerta, destruyendo parte de la decoración en una de las mesas en la antesala de su apartamento. Esta vez, los vecinos no hicieron nada cuando escucharon los ruidos. No salieron.

Pasada la medianoche y después de haber estado llorando durante horas, encendió su “laptop” y compró un pasaje que la llevaría Puerto Rico aproximadamente, cuatro horas después. Estaba perturbada y sola, durante el viaje se tomó varias pastillas para tranquilizarse. Por lo pronto, trataba de olvidar pero era imposible. Una y otra vez pasó juicio sobre su vida.

Durante el viaje observó las nubes como si fuesen esculturas vivientes. Vio con asombro la imagen viva de Pablo llegando a su apartamento. Sintió sus manos deslizándose dentro de su falda, buscando esa ropa interior entre sus piernas. Poco a poco le iba bajando los “pantys” hasta dejarlos al nivel de sus rodillas. Ella se agarraba del borde con sus manos trincas mientras él le subía la falda hasta quedar desnuda de la cintura para abajo.

Sus dedos se iban acomodando hasta que las palmas de ambas manos abrían suavemente el entorno de sus caderas, dejando ver ese punto erótico que les fascina a muchos hombres y que en la mayoría de los casos lo prohíbe la religión. El dedo índice de una de sus manos se iba introduciendo mientras que con la otra mano acariciaba el bello púbico que la protegía.

En medio de ese viaje mental, no podía evitar mover sus manos hacia esas mismas partes de su cuerpo, pero se detenía ante el miedo de las miradas de otros pasajeros. Pensó masturbarse en el baño del avión, pero sabía que una vez pasara ese momento, se sentiría peor de lo que estaba. Se sentiría mucho más sola y aislada. Además, ya las pastillas iban haciendo ese efecto y su mirada se apagaba como cuando se cierra una ventana, dejando un leve contorno en la oscuridad.

Había transcurrido una hora desde que el avión despegó. Los tranquilizantes pudieron más que el deseo y el recuerdo. Por fin se quedó dormida.

Ya faltaba poco para que se llevaran el cuerpo sin vida de Pablo. El principio del fin se acercaba. Él se mantenía inquieto en el lugar. Estaban a punto de servir el chocolate con queso de bola cuando una mujer vestida de negro entró callada y cabizbaja al apartamento. Caminaba despacio como si estuviese descalza. No miraba a nadie, simplemente se dirigía hacia la caja. Parecía esa escena pictórica del Velorio de Francisco Oller cuando aquel personaje funesto se mantenía frente al cuerpo del niño como si lo hubiese venido a buscar.

La madre de Pablo la observó desde que entró por la puerta, reconociéndola de inmediato. Era la ex’amante. Él también la reconoció. Su juventud se había ido a morar en otra dimensión; igual que una persona se quita una máscara y su rostro queda al descubierto ante la mirada cruel de todos los demás. Sus ojos caídos mostraban la pesadumbre de aquellos años que jugaba con Pablo a la infidelidad.

La mamá de Pablo la miró con ojos llorosos mientras se le acercaba. Aunque no decía nada, era como una transmisión tal vez telepática, infundiéndole un perdón por todo lo que su hijo le había hecho. La mujer la miró con cierta ternura y le dijo en voz baja —lo que pasó, pasó, no se preocupe.

Él por su parte me hablaba de un término: entendimiento. Sonó estúpido e incongruente, pero era lo único que Pablo le pedía a Dios. Una definición que estaba basada en su vida y sus experiencias, era un pedido humilde que surgía como parte de su esencia.  Esa palabra, encerraba una sabiduría total y callejera. Esa sabiduría y ese mismo pedido lo mantuvo siempre con vida. Una sintonía que estaba fuera de la pobredumbre social, religiosa e hipócrita que nos arropaba diariamente. Un pedido sensato, que lo ayudó a tomar decisiones en momentos cruciales.

Aunque no le gustaba estar rodeado de gente, le pidió a su Dios que lo ayudara a bregar con cualquiera. Cuando terminaba esas horas de contemplación, le decía con un tono autoritario, —men, orgullo pa’l carajo.

Ahora, cuando todo aquí está a punto de acabar, él podía tocar de cerca las mentes privilegiadas que siempre estarán plagadas del orgullo que siempre criticó. Enfocadas en la humillación y el discrimen. Pablo, como no era privilegiado y mucho menos académico podía ser cualquier persona. Ese concepto del saber que tuvo sobre las cosas lo había convertido en un ser distinto, con una visión de mundo totalmente diferente. Si bien es cierto que fracasó con la única mujer que quizo, lo demás en su vida fluía con entera normalidad. Sobre todo en esos espacios inciertos donde la valentía se apodera de la sensibilidad.

Me dijo que dejó de ver a Pablo a finales de los 80. Él ya no frecuentaba el caserío y no veía a su amigo como antes.  Se veían esporádicamente. Era el tiempo de apartarse y él había inundando su vida de trabajo para no volverse loco.

Supo que Pablo había conseguido un trabajo en los muelles, cerca de lo que en aquella época se conocía como la Base Naval. Me indicó que la compañía se llamaba “Puerto Rico Dry Dock”.  Allí, en un espacio abierto que parecía un precipicio, llegaban los barcos de alta mar cuando sus hélices se jodían. Si se miraba desde arriba, parecía el hueco de un edificio cuyas puertas de metal sólidas detenían el mar abierto. Lentamente el barco penetraba el espacio mientras el agua de mar salía dejando la proa al descubierto, encayado en torres de madera que sostenían miles de toneladas de peso.

Una vez el barco estaba listo y el lugar estaba completamente seco, se bajaba una escalera estrecha y sin barandas. Era como bajar tres pisos de un edificio. Allí, Pablo con su equipo de soldadura, se metía en una de las cavidades estrechas de la estructura del barco y recomponía puntos que el salitre había destruido. Eso; por el día. Por las noches, continuaba su vida como soldado de calle hasta las madrugadas.

Mientras fumaba, recordaba esa y otras instancias de su vida con Las Fiestas de Cruz en el Viejo San Juan, cuando por primera vez bajó con Pablo pa’ La Perla. Las vueltas en su Camaro y el olor a pasto sin semilla en el caserío. Las discusiones filosóficas que jamás olvidó y todo ese revuelo que cruzó por más de una década.

A mediados de los 80 él se había convertido en todo lo que criticaron juntos.

Él parecía un burócrata, de esos que caminan encorvados con camisa y corbata.

Pablo se había quedado en otra dimensión de su vida. 

¿Cómo murió?—le pregunté

Me contó muy despacio que el matador agredía a su compañera sin compasión.

Pablo estaba bebiendo con su gente cerca de la mesa donde estaban sentados, al lado de un billar.

La pelea de pareja, que comenzó como un chiste se había convertido en algo violento. Las palabras pueden transformarse en instrumentos de destrucción—me decía mientras relataba lo acontecido. 

Van y vienen como si fueran proyectiles disparados a quema ropa. Son los momentos en que el lenguaje se usa como un arma mortal.

Me contó que Pablo estaba intranquilo porque la gritería no lo dejaba hablar con los suyos.

La escena estaba lista y la mecha se iba a enscender en cualquier momento.

Pablo estaba a punto de explotar y así mismo fue.

En el “Bar Paradise” una barra de hace mil años en Guaynabo y en contra de todas las voces que lo acompañaban, Pablo se levantó, tiró la butaca donde se había sentado minutos antes, se acercó al individuo pidiéndole que suspendiera el escarceo.

El hombre empujó a la mujer tan fuerte que se tropezó de frente con la mesa donde estaba su gente.

Rafi, que era el dueño y el “bartender”, estaba a punto de salir de la barra.

La mujer se quedó inmóvil por espacio de unos segundos. El indiduo se le cuadró a Pablo frente a frente.

Pablo esquivó la izquierda del tipo y le metió un “tutazo” que lo viró hacia donde estaba Rafi.

Pablo se dirigía hacia la chica cuando de pronto, una detonación inundó el espectro del lugar ante el asombro de los que estaban allí. El hombre le había disparado por la espalda.

La chica salió corriendo despavorida y ensangentada, puesto que el proyectil había destruido parte del costado de mi amigo y parte de la sangre le salpicó encima.

La mujer corrió como una loca hacia el estacionamiento. La bala había penetrado la espalda de Pablo y según los médicos forenses, viajó por el costado, tropezando con sus huesos, destruyendo una de sus arterias principales.

Pablo había muerto practicamente en el acto.

Rafi agarró uno de los tacos del billar y le bateó sin piedad la mano derecha del hombre, que era la mano que sostenía el arma.

Su gente jamás se imaginó que el tipo estaría armado. Mucho menos que le dispararía a su amigo.

Cuando el disparo sonó, se agacharon de momento, pero cuando vieron a Pablo en el piso, envuelto en un charco de sangre; sabían sin tocarlo, que estaba muerto.

Al principio, ellos iban a dejar pegao’ al individuo allí mismo, pero de pronto, se miraron en segundos.., y el dictámen estaba hecho. El destino de ese hombre se había escrito en la mirada de tdos ellos. Se llevaron vivo al tipo de allí.

Dicen que su gente “pescó” al cabrón cuando se disponía a escapar por la puerta trasera.

Justo después que Rafi le rompió la muñeca al asesino, sacaron al asesino como si fuera un ciminal de guerra, llevándolo hacia donde estaba la Van estacionada.

Lo tiraron adentro con el desprecio humano que se merecía, y salieron “chillando goma” del lugar.

A estas alturas, ni él ni nadie se ha atrevido a decir, a pensar y menos; preguntar lo que le hicieron dentro de la guagua cuando salieron del lugar. —No quiero ni imaginarme lo que sucedió dentro del vehículo, me dijo apesadumbrado.

Ante los ojos policiacos, el asesino desapareció misteriosamente.

Al final de todo, dentro del velatorio, cuando pensamos que todo estaba dicho, su madre rompió el silencio aterrrador que había, se le acercó y le dio una pequeña nota. Le dijo al oído que él nunca lo olvidó.

Ella le preguntó muchas veces que por qué no lo buscaba, pero él le contestaba a su mamá que aunque sabía dónde él estaba, era mejor así. –Si lo busco regresaríamos a lo mismo y va a terminar jodío, mamá, le contestó siempre.

Con una voz tenue, ella le pidió que leyera la nota sin que nadie lo viese. Así que la tomó en su mano y la guardó en el bolsillo de la chaqueta. Caminó despacio hacia la caja de su amigo, en un pequeño rincón donde no había nadie, comenzó a leerla.

—Sabes que no soy bueno escribiendo cosas. También, que muchas veces tú eras el que pensabas en hacer lo que estaba bien. Siempre te admiré por eso. Esto que te digo es para que me hagas un último favor. Si me matan, dile a ella que me perdone. Nunca deseé nada malo para ella. Nunca pude olvidarla. Por favor, ve donde ella y díselo tú. A ti te va a creer.
 Aunque tú te desapareciste, sé que para ti y para mí, nuestra amistad valió la pena. Antes de que se me olvide..., si puedes, habla con algún cura o religioso para que le diga a los que están allá arriba, que tengan piedad de mi alma. En verdad, nunca quise joder a nadie... Te veo... Pablo.

En ese instante, fue donde estaba la mujer a cumplir el último deseo de su amigo. Su rostro se encontraba frío como un tempano de hielo. Y su mirada se había desencajado cuando pensaba cómo murió. Creo que nunca antes pudo ser tan asertivo.

La llamó varias veces hasta que se le acercó lentamente. Le dijo que tenía una nota. Ella en un tono sarcástico le preguntó que si este era el momento de pedir perdón. Él le pedió que no lo jodiera y que lo dejara hablar.

Creo que uno tiene que respetar la voluntad de los seres que uno quiere o quizo alguna vez. Comenzó diciéndole. —El me ha pedido que lo perdones, que nunca quizo hacerte daño. Si me crees o no, realmente me importa poco, pero creo que dijo la verdad, amiga. Quítate ese puto reencor y déjalo en paz.

Ella se quedó muda por espacio de segundos. Sus ojos se humedecían. Mientras le habló, se quedó en silencio y cabizbaja. Lentamente se fue alejando de su presencia. A lo lejos, ya desaparecía de su vista. Esa fue la última vez que la vio. No se si lo perdonó. Al menos tuvo que haber quedado algo en su conciencia.

Sintió al fin un leve alivio. Él había cumplido el deseo de Pablo. Por fin pudo hacer algo, aunque ya no estuviese vivo. Se detuvo unos segundos frente a su madre para decirle que hizo lo justamente lo que él le pidió en la nota.

Después que se despidió de mí, él agarró sus llaves.., ya era tiempo de irse.

Cuando enscendió su vehículo para irse sintió una presencia, esta vez, al ambiente no estaba cargado. Una brisa penetró el espacio interior mientras enscendía un cigarrillo. Esa misma brisa estremeció su alma dejando un sabor placentero en su espíritu. En ese momento sintió la despedida de su amigo en sus entrañas.

Sabía que estaría agradecido.

 Fin.



Escarceo - Actividad o trabajo antes de comenzar a desarrollarla de una manera continuada y definitiva.

Al Final del Camino, capítulo 7. ©José Carlo Burgos, 2018. Todos los Derechos Reservados. Ilustración José C. Burgos. Prohibida la reproducción total o parcial, digital o por medios convencionales de este material sin previa autorización el autor.

domingo, 20 de mayo de 2018

Al Final del Camino - Capítulo 6

Su ex amante...

Cuando Pablo llegó a Estados Unidos convivió con una mujer por mucho tiempo. Se enchuló de ella casi desde el momento que piso territorio extranjero y la vio por primera vez. Una profesional que le llevaba varios años, divorciada y sin hijos.  Él me relató muchos detalles mientras fumábamos en el apartamento, frente al cuerpo de Pablo. Me habló que la pasión erótica entre ambos fue muy fuerte, —tal vez más para ella que para Pablo—me decía.

Dijo entre otras cosas que muchas veces el tiempo y las circunstancias matan la convivencia. Pablo le detalló a él numerosos incidentes. En este caso, él que resultaba ser el escritor, veía las cosas naturalmente desde afuera, como si estuviese en las gradas. Durante ese transcurso de tiempo, Pablo le expresó textualmente y totalmente atormentado que ella le abría las patas cuando quería algo, pero cuando él sentía el deseo de meter mano con ella, no había una puta manera de penetrar aquella piel.

Le expresó además que las mujeres te satisfacen en segundos y te provocan, pero se esconden en su egoísmo. Su novela se nutrió de muchas expresiones similares y definía estos asuntos como —una cosa de piel, el arma más poderosa que existe, un arma de fuego que le dispara a los sentimientos; los tritura, los envuelve en un juego mortal cuyo final está representado gráficamente en los obituarios de los periódicos.

Me habló hasta la saciedad sobre este tema.  Pero siempre caíamos en el precipicio de la relación. Pablo sabía que la obsesión podía volver loco a cualquiera. Me indicó con cierto miedo que tocaba ese tema de reojo porque eso en particular tocaba a su amigo directamente. 

Pablo siempre fue un hombre muy obsesivo. Ella, totalmente diferente. La seducción era su arma más poderosa y la manejaba como una experta. Si la gente del caserío hubiese visto esto desde lejos esa situación en pantalla, como si fuese una película, le hubiesen dicho a Pablo que —la puta era una bellaca mala... 

Él en cambio trataba de ser más diplomático. Intentaba explicarle a Pablo sobre esa parte inexplicable que tienen algunas mujeres para capturar la atención de los hombres. Pablo nunca lo entendió.

Ella por su parte tenía su método. Me dijo que lo denominaba, como un tipo de secuestro emocional que funcionaba a la perfección. Lo agitaba. Cuando Pablo llegaba, ella lo recibía totalmente desnuda. Desnuda, salía por la puerta, feliz de la vida, arriesgándose a que sus vecinos la vieran. Lo iba asediando poco a poco hasta que lo tiraba en la cama y se le trepaba encima como si fuera una pantera.

En ese momento lo único que existía para Pablo era esa mujer. Le importaba un carajo lo que sucedía a su alrededor. Ella era primera que cualquier cosa. Ella lo sabía. Con el tacto, la mujer tenía toda la libertad del mundo. Lo seducía, se metía su pene entre sus labios y se lo mamaba pensando que lo iba a poner a comer de la palma de sus manos.

"El poder del sexo tiene en su esencia un aroma particular—me mencionó tantas y tantas veces. Sobre todo cuando la mujer es distinta y ella lo era. Estaba dispuesta a todo sin importar nada. Y en el sexo, más todavía. Lo provocaba y le dañaba la mente. Muchas veces lograba que saliera del trabajo y de sus cosas para satisfacer su ansiedad sexual que estaba a flor de piel.

Muchos años pasaron desde entonces hasta ahora. Pablo tenía su apartamento en el caserío cuando se enteró que ella vendría a Puerto Rico por varios días. Él nunca supo explicarme a ciencia cierta cómo pactaron el encuentro de ellos dos para reunirse.

Me contó que cuando se encontraron, se saludaron con un beso en el cachete y no pronunciaron una sola palabra durante todo el trayecto. Decidieron ir a cenar a un restaurante pequeño, de esos que recordaban con cariño, albergando probablemente en su interior cierta intimidad de años anteriores. Al llegar, buscaron con la mirada, la misma mesa apartada de antaño y se sentaron nerviosos en el filo de los asientos.

Después de tomar unas copas de vino y ella secarse la boca como si fuera una aristócrata, con las servilletas de lujo que se colocan sobre las mesas, le dijo que había regresado porque necesitaba hablar con él.

Después de todo, ella sufrió las consecuencias directas de su huída. Ella quería con sus palabras dar el primer golpe—me dijo en voz baja.

Su ex amante comenzó imponiéndose en la conversación, triturando el hielo que se forma cuando dos seres se juntan y ninguno de los dos quiere hablar. Comenzó diciéndole que no quería que malinterpretara su regreso. Pablo, a la defensiva, esquivando, los hechos como un contendiente de boxeo, la interrumpió bruscamente pidiéndole que recordara todas esas veces que él estuvo para ella y que definitivamente; —eso a ella le importaba un carajo. La voz de la mujer volvió a penetrar las grietas de la conversación;
—¿Vamos a pelear otra vez, verdad?¿qué pendeja soy? Ella sintió en ese momento esa misma sensación en la piel que la llevó casi a la tumba cuando se enfrentaron los dos fuera de la Isla.

Tú sabes bien que lo que hice, lo hice a pesar del riesgo—la voz de la mujer parecía un campanario anunciando un toque de queda. Un lapso de silencio estremeció la mesa en ese momento.

Sabes Pablo, me lastimaste, ¡te fuiste y me dejaste en el piso!, no tienes una puta idea de lo que le tuve que decirle a esa gente para que me dejaran en paz—le decía ella sin despegar la vista de sus ojos.

¿A qué gente tú te refieres; de qué tú me hablas?—le cuestionó Pablo,

Ella sacó su pañuelo y se secó la cara. Tenía la voz quebrada, al punto que para poder hablar tenía que hacer unas breves pausas cuando contestaba.

—No te hagas el pendejo; Pablo. En verdad ¿tú no sabes de quién puñeta yo hablo?, no vale la pena ni contestarte— le dijo ella en un tono cínico.

Y qué carajo querías que hiciera, ¡sí!, me imagino, te conozco, que me quedara, ¿verdad?, ¿y después qué?, un maldito negro puertorriqueño le cae encima a una mujer blanca y media gringa; ¿qué tú crees que hubieran hecho los puercos de allá fuera?— Le contestó Pablo con mucha ironía.

Ella pensó en explicarle el asunto del hospital, la versión que le dio a los policías y al personal que la atendió. Incluso a los vecinos que se quedaron en una pieza cuando les dijo que no había pasado nada.  Estaba segura que no valía la pena explicar un carajo. La única contestación que pudo salir de sus labios fue;

Tú no entiendes cómo me siento Pablo— con deseos de llorar.

Ella entonces comenzó a hacerle un recuento. Le habló de sus celos, la envidia, su persecución obsesiva, llamadas y discusiones que desembocaron en peleas. Le mostró marcas en el cuerpo que no se iban a borrar...

Yo sé que para ti no valió la pena, para mí es diferente—le contestó él.

Ella buscó en su cartera la cajetilla y prendió un cigarrillo. Todavía se podía fumar en los restaurantes. Pablo permanecía en silencio absoluto.

No se trata de decir que valió o no la pena—La voz de la ex había regresado a la normalidad. 
—No se trata eso, pendejo, tú sabes bien de lo que se trata.

¿Y para qué estás aquí ahora?—la voz de Pablo volvió a estremecer la mesa.

Para decirte en tu cara que me voy, que no quiero que me busques, que me llames. No quiero un carajo de tu persona, ¿me entiendes ahora?—en ese instante, ella no tenía tacto alguno al hablar.

Pablo trató de recapacitar, pidiéndole que lo pensara. Que se arrepentía de lo que hizo. Le decía que ella lo llevó ese renglón que tal vez los abogados le llaman “locura momentánea”, aunque sabía que ese argumento jamás lo iba a dejar absuelto ante los ojos de su ex y menos aún, lo justificaría como agresor...

No hay nada más que hablar, te lo dije hace mucho tiempo, te lo dije Pablo, yo perdono pero no olvido, no quiero saber de ti; métete eso bien adentro—la expresión de ella fue tajante.

Pablo estaba cabizbajo y sin hablar.

Vuelve a tu mundo, Pablo. Ese mundo no es el mío. No eres para mí. No sabes nada, no maduras, no entiendes que cuando me miro al espejo me veo con los moretones. No sabes que me acuesto llorando y me levanto igual—ella terminaba su sermón cuando Pablo intentó agarrarle la muñeca pero ella retiró su brazo mucho más rápido sin que él tuviese oportunidad de atraparla otra vez.

No me toques..., no te atrevas porque esta vez no me voy a callar..., y lo sabes—era mucho más que la voz femenina de una mujer atormentada, era una orden.

Dicen los que saben de la materia, que hasta el más bravo de los hombres llora cuando una mujer se les para encima. Ella se levantó de la mesa, lo miró directamente a los ojos y le dijo 
no te atrevas a acercarte más a mí, ¿me entiendes?

Sacó un billete grande de su cartera y se lo tiró en la mesa, evitando que Pablo hiciera ese amago tonto de pararse.

—No te pares, no hace falta; ya me voy. Nos vemos, la mujer le dio la espalda con su cartera y siguió caminando despacio. Pablo se había quedado detenido observándola mientras salía del lugar. Lentamente, recogió sus cosas, mirando el plato de entremeses que permanecía intacto sobre la mesa.

La mente de Pablo volvía a recrear las escenas. Escuchaba de nuevo, la voz inquisitiva de ella, en aquella noche cuando él la agarró por un brazo para impedir que se fuera y la tiró al sofá de su apartamento.

Ella trataba de salirse de sus garras pero no podía porque él era mucho más fuerte.

—Déjame puñeta, le gritaba ella—me voy pa’l carajo pendejo,
¡Quién carajo tú te crees que eres para venir a joder conmigo, canto ‘e cabrón!

Pablo apretaba los labios para no escupirle en la cara. La había visto con su ex marido días antes. Y lo que vio, le jodió el sistema. No podía creer que después que se acostaron tantas veces, todavía ella le estuviese dando esperanzas a ese pendejo.

Ella seguía insultándolo hasta que Pablo le gritó que se callara la —fucking boca. La mujer no se callaba y siguió hablándole sucio. Hasta que Pablo le metió un puño cerca de las costillas que la dejó sin aire. Con la mano al revés, le viró la cara, partiéndole el labio.

Después la agarró por el cuello y la pegó a la pared diciéndole que fuera la —puta última vez que le hablaba de esa forma. En segundos, se dio cuenta que la estaba asfixiando, así que la tiró al piso del apartamento. Ella se arrastraba como si la hubieran herido en un campo de batalla.

Buscó sin éxito cualquier objeto para defenderse pero su cuerpo la traicionaba. Casi no se podía mover. En segundos, él la volvió a agarrar por el brazo, levantándola y lanzándola al suelo, esta vez; con un fuerte golpe cerca a la mandíbula. Pablo la iba a golpear nuevamente pero comenzó a sonar el timbre de la puerta de entrada.

No paraba de sonar.

—¡Qué jodienda!, pensó él, en segundos.

Eran los vecinos. Pablo retiró sus manos, dejando que se cayera nuevamente al piso del apartamento. La mujer caía de bruces casi inconsciente. Pablo abrió la puerta de golpe, desplazando violentamente a los vecinos. Parecía que una ráfaga de viento con fuerza de huracán los hubiera azotado en cuestión de segundos.

El se les paró de frente y les dijo
one fucking word..!— y les mostró el cañón que cargaba en la cintura.

Salió de allí corriendo.

Seguros de que él se había ido, los vecinos finalmente entraron y vieron a su vecina que estaba entre medio del delirio como consecuencia del dolor por los golpes. La sala del apartamento estaba deshecha. Atravesaron con dificultad los objetos que se rompieron durante la trifulca. 

Ella; que escuchó a Pablo cuando salió..., lo único que pudo balbucear fue
—don’t do anything, please don’t do a fucking thing.

Pablo salió caminando rápido del lugar totalmente alterado. Llamó a un taxi para que lo recogiera en la parte trasera del edificio. Los vecinos la levantaron mientras llamaban al 911 durante la histeria y la conmoción. Parecía tener fracturas hasta en la quijada. La ambulancia llegó y Pablo no aparecía por to’ el canto.

Iba de camino al aeropuerto.

Salió de Chicago, dejando todas sus pertenencias. Lo único que se trajo fue su billetera, y por supuesto; el arma de fuego que cargaba encima. ¿Cómo la pasó por Aduana?, él nunca pudo averiguarlo. Las malas lenguas dicen que le costó tres de los grandes llevársela. ¿Qué sucedió con las cosas y el sitio dónde vivía?, tampoco él lo supo. Llegó al caserío de madrugada como ladrón en la noche. Se tiró en la cama con los ojos abiertos. Su mirada atravesaba el techo y terminaba en esa región hostil donde los seres humanos se maltratan a sí mismos.

Al pasar el tiempo, él siempre supo como su amigo que las horas de agresión de aquella noche nunca quedarían atrás. Pablo aceptaba que sí; que la había jodío’.

Pero punto seguido, como él mismo le dijo,
—¿qué puñeta quieres que te diga?, no nada, no hay un carajo que me justifique.

—Vamos a cambiar el “fucking tema, ok.

¿No tienes miedo que ella se te aparezca y te trate de joderte después de esa pela?— Él le preguntaba

—Mira..., bro’, ella jamás se va atrever a hacer nada. Tú me conoces. En mi caso, como dicen por ahí, excusas pa’l carajo. No hay mucho más que decir. ¡Ah!, que estoy arrepentido, que no voy a joder a ninguna otra mujer..., eso es mierda hermano. Hay que estar en ese momento para saber qué carajo se siente.

—Yo la vi a ella con ese cabrón y parecían una ‘fucking’ pareja. ¿Dónde quedaba yo... ¡ah!? Entonces tú piensas cómo se te metió esa mujer por debajo, te buscó, te llamó hasta volverte loco.  Te llevó finalmente a su apartamento sin imaginar; y esto está cabrón, que cuando abrías la puta puerta te encontrarías con una mujer desnuda de la cintura pa’bajo., ¡imagínate! ¿Qué puñeta tú crees que yo iba hacer?

¿Y por qué no te quitaste antes. Me explico, Pablo; picabas, te ibas, sin remordimientos y un carajo de compromisos o jodiendas—Él lo cuestionaba como si fuera un fiscal interrogando un testigo.

—“Me pasó lo que nunca ‘men; me enchulé de la cabrona...”—.

A partir de ese momento el tema ya cruzaba una frontera peligrosa. Pablo ya no quería seguir hurgando en la herida porque era demasiado profunda y poco a poco esa tertulia cambiaría de tono, dejando un ambiente demasiado tenso. Las discusiones sobre otros asuntos se iban acabando.





Bellaca – adicta(o) al sexo.
Trifulca – pelea entre dos o más
Bro – “brother”, hermano, una forma peculiar de llamar a un amigo
Enchule- enemorarse, obsesión pasional


Al Final del Camino, Capítulo 6. ©José Carlo Burgos 2018, Todos los Derechos Reservados. Ilustración: José Carlo Burgos. Prohibida la reproducción de este material digital o miente otros medios digitales sin previa autorizaciónón del autor.

sábado, 19 de mayo de 2018

Al Final del Camino - Capítulo 5

Noches de luces y alcohol

Los bares de putas más concurridos en aquella época resplandecían el entorno hacia el Viejo San Juan. La Riviera, el Caribe, el Black Angus y el Hawaian Hut parecían monumentos de la más sabrosa perversión. Localizado frente a lo que era la Base Naval, justo al lado de lo que en algún momento fue Obras Públicas, se colaba al lado del Black Angus, el Hawaian Hut. Con una decoración tropical y una tarima repleta de bombillas, las chicas del Hawaian se movían desnudas, dándole vueltas al tubo que llegaba hasta el techo.

Cuando la ronda de baile terminaba, se iban caminando detrás de una cortina multicolor hacia los tocadores. Había una de las bailarinas que cuando terminaba su baile, totalmente desnuda con apenas unos tacos, se bajaba de la tarima y se quedaba jugando billar y jodiendo con él y con Pablo. Tocándose toda, asomaba su cuerpo sin ropa, y su parte más íntima en la buchaca para que ambos fallaran el tiro. Nadie podía ponerle un dedo encima, mientras que ella podía hacer, deshacer, tocarse toda, y hasta masturbarse si quería.

Cerca de allí, me contó que terminando la Avenida Ponce de León en Miramar, casi escondido en los bajos de un condominio, donde estaba el supermercado Pueblo, aparecía La Cueva. Con tragos en vasos de cristal y mesas de revista. De todos los lugares de putas, La Cueva era el más caro, pero era el mejor según me decía. Llegar allí, más que un culto, era una necesidad para los dos.

Como el mejor “Naked Bar” de la época, La Cueva tenía su barra bien diseñada con el “Playboy Channel” adornando las pantallas de sus televisores con su programación adulta. Iluminaban parte del escenario cerca de la tarima justamente frente a los asientos.

Aunque era un sitio pequeño, su ambiente tocaba con el talón la clase alta. Era muy limpio y tenía aire acondicionado. También, después de todo, era la época que se podía fumar.

A diferencia de todos los sitios salvajes que él y Pablo frecuentaban, donde las chicas bailaban totalmente desnudas, las mujeres de La Cueva eran en su mayoría norteamericanas pelirrojas o morenas, que venían de vacaciones o como algunas otras... “nuyoricans” como yo les decía.

El método de él era sencillo. Llegáaban tarde en la noche. Se sentaban tranquilos y pedían un par de tragos mientras disfrutaban del paisaje en la tarima. Nadie jodía con nadie. Nadie se metía con ellos. Él estaba tranquilo porque estar al lado de Pablo era como estar con un guardaespaldas.

La mujer de La Cueva entró a escena pasada la media noche. Alta y de pelo negro, subió al “stage” mientras se movía al ritmo del nuevo “hit” de Michael Jackson: Billie Jean. Cuando su turno de baile terminó, se sentó con ellos dos y estuvo bebiendo y jodiendo un buen rato.

La chica que hacía minutos estaba meneándose sin ropa, poco después se sentó con ellos y se le quedó mirando a él durante un momento de silencio, que duró una eternidad. En voz baja le pidió que la besara. Pablo se hizo a un lado... y le dijo —“tate tranquilo men..., meta mano, y con un después nos vemos”—, Pablo se despidió de él, por lo que le hizo señas con la mano en lo que miraba el rostro de esta mujer. Aunque dudó por segundos, se quedó inmóvil mientras ella se fue acercando lentamente hasta que su rostro estuvo justo frente a frente, casi rozándose con las narices. Poco a poco sus labios se tocaron. Pablo ya se había ido de la Cueva mientras él y ella estaban en pleno grajeo’.

La ronda de baile regresó, y ella se levantó para irse a la tarima, esta vez intentando tocar no dejar de mierarlo mientras el “beat” de la canción movía sus cuerpos.

Han pasado muchos años desde ese incidente. A su edad, me decía que se veía allí sentado como un joven estúpido e inexperto, mientras ese monstruo de mujer jugaba sexualmente con él. Miles de veces me dijo muy serio que había soñado con la misma escena. Una película rodando sin cesar como si el pasado flotara en su conciencia todo el tiempo.

Hace muy poco me contó que jugando billar se enteró de su muerte por casualidad.
Él se quedó sin palabras y apesadumbrado por días.

Ella nunca se despidió de él. Lo cierto es que en aquel salón de billar, con su gente de Levitown, las anécdotas del pasado comenzaron a salir. Sabía que llegarían a hablar de ella aunque él tratara de evitarlo. A veces no importa como se haga, siempre hay un cabrón que dispara de la vaqueta.  Le disparó en voz alta al frente de todos cuando le preguntó si se acordaba cuando se llevó a la mujer de la Cueva. Él le contestó que ¿cómo carajo pensaba que lo iba a olvidar...? El tipo le dejó saber en voz alta que ella se jodió un tiempo atrás.

Él lo cuestionó con mucho coraje. El tipo le dijo que había escuchado que murió de sida.

Le preguntó a su gente si alguien la había visto y uno de los que estaba en la mesa le dijo que la había visto bien jodía. Ese mismo se levantó y lo confrontó de momento diciendo que —“total, si lo que tú estuviste con ella fue apenas ¡un “fucking” fin de semana...!, ¿qué carajo te importa?”, miren nada más cómo se pone este cabrón por una puta”—.

En ese momento él hizo un amago de irse. En realidad ya se iba.

—“¿Ahora te vas?”,  le decían; —“qué cojones tiene este maricón, ¡estás cabrón, puñeta!, si llegamos a saber que te ibas a poner así, ¡no te decimos un carajo...!” le reclamaban a gritos todos ellos.

 Él se quedó en silencio. No pudo contestar. No podía ni hablar. Tiró el taco de billar, le paguó a Rafa y les dijo que se iba. Aunque insistieron que se quedara, ya no era igual. Ya no era divertido. El ambiente estaba cargado y la atmósfera del juego había cambiado.

Me expresó, siempre con su acostumbrado cigarrillo, que después del “grajeo” de aquella noche y de todas sus rondas de baile en La Cueva, finalmente se fugaron a un cuarto en un Hotel de Miramar. Cuando entró con ella se sacudieron un poco, ella se metió al baño para meterse un poco de perico que tenía en su cartera, mientras él se fumaba el Winston en el balcón.

Él estaba viviendo un sueño irreal. Jamás pensó que una mujer como esa se fijara en él. Cuando la vio salir del baño se quedó frío. Me dijo que tuvo entre sus manos la piel de una hermosa bailarina. Y esa piel en la cama se la iba a comer completa. La mujer de la Cueva supo en ese momento que él estaba obsesionado por ella y su belleza.

Salieron del Hotel de madrugada y decidieron jalar pa’l caserío así que tomaron un taxi. Era la época de Navidad. El taxi los dejó al otro lado de la avenida porque no quería entrar al caserío. La desolación desde el otro lado en la carretera contrastaba con aquellos edificios repletos de bombillas. Mientras se acercaban a pie, las luces y guirnaldas encendían la atmósfera dando la impresión de la Quinta Avenida a lo “puertorro”.

Nunca en su vida había visto tantas luces. Carros completamente forrados de bombillas. Cruzándose unas con otras, prendiendo y apagando en segundos. Una atmósfera dentro de un ambiente alucinante, lleno de furor, con todo el mundo en la calle a esa hora.

Caminaron un trecho largo hasta llegar a Pablo, que los esperaba con su gente cerca de su apartamento. Cuando llegaron, se echó a reír tan pronto los vio. Después que se abrazaron y jodieron un rato él le presentó formalmente a la chica. Su belleza era tan impactante que todo el mundo allí quería conocerla.

Y mientras todos la miraban y lo cucaban con indirectas, ponían las fichas de juego en la mesa. Las luces seguían iluminando todas las paredes. Más que Navidad, la noche parecía un Carnaval. Pablo el juego de reojo. Sobre todo a Pito, uno que se había iniciado hacía poco. Lo miraba con cierto recelo y cuidado.

Un hecho inconcebible era que yo él no pertenecía al caserío pero estaba allí, con su amigo. Pablo por otro lado, era de allí pero era diferente a todos ellos. Se había convertido en un hombre distinto. Para cuando Pablo regresó de los estados, todo allí había cambiado.

Pasaba mucho tiempo explicándole a él como era la dinámica y quién era quién en ese submundo. Se los describía y hablaba de sus anécdotas. Conocía las debilidades de cada cual y los dirigía como un sargento dirige un pelotón en medio de una selva.

Él, en cambio, le servía a Pablo como consejero. Pablo le comunicaba sus problemas y sus crisis; él lo escuchaba.

Mientras todo eso pasaba, la mujer de La Cueva hablaba y jodía con la gente, enseñándole cómo se movía y dando vueltas con los tacos. Los seducía a todos. Les meneaba el culo en la cara y se tocaba desde arriba hasta abajo como si fuera a tener relaciones íntimas.

Ya era de madrugada cuando decidió que era hora de irse al apartamento. Mientras subíamos las escaleras, Pablo le dijo a ella que si cargaba algún material en la cartera, lo botara o se lo diera a alguien, o si no podía, que se lo diera a él para desaparecerlo rápido.

Ella le contestó que no cargaba nada consigo, que el perico que tenía se lo había metido mientras bailaba en La Cueva.

Eso era mentira, tenía material suficiente en su cartera y Pablo lo sabía. Él estaba ajeno. Pablo le dio esa mirada mortal porque sabía que ella pensaba que los estaba cogiendo de pendejo a los dos. Y es que para mentir hay que tener talento. Pablo nunca fue una persona tolerante y menos cuando se trataba de una puta mentira.

Pablo fue a la cocina mientras ella estaba de pie, mirando y fumando en el balcón. Él miraba callado la jugada con cierto temor. Pablo sacó el arma del gabinete y le dijo a ella que se le acercara.  La mujer se quedó muda unos segundos y se volteó de momento.

Lo miraba fijamente y le decía que no tenía nada. Pablo sacó el arma que tenía escondida en la mano derecha y la alumbró enseguida en la cara. Le dijo a ella por última vez que le diera la “fucking” cartera en ese momento. Ella por poco se mea en la sala. Él trató de meterme pero Pablo lo alumbró a él también con el arma y le dijo que a pesar que lo quería como un hermano, si se metía, lo dejaba pegao’.

Se viró otra vez hacia ella y le dijo, en un tono de voz bajo, como si esas fueran las últimas palabras antes de su ejecución; que le diera la maldita cartera.

Temblando, ella se la tiró. Pablo se puso el cañón en la cintura, lo miró y le dijo que ahora él vería. Dentro de esos putos compartimientos que tienen las mujeres, resplandecía como si fuera una linterna, una bolsa pequeña con un polvito blanco. Pablo se sonrío pero no de alegría ni mucho menos. Agarró la bolsa transparente y se acercó a ella mirándola fijamente a los ojos.

Ella no podía sostenerle la mirada. Pablo le preguntó —“¿qué carajo es esto?”— Le sacó la bolsa para que la viera. Ella le dijo —“¿qué carajo te importa?”—.

Pablo sacó la mano derecha, abierta y dura como una plancha de madera, y le dio en la cara, en el cachete izquierdo. El golpe fue tan fuerte que un la sangre le cayó a él en la camisa. Pablo le rompió el labio. De hecho, que cuando Pablo le dio, la dobló, y por poco ella se cae de rodillas. Pablo no había terminado de meterle cuando sacó la mano izquierda y volvió a pegarle..., esta vez, si cayó al piso.

En ese momento, él sí se metió. Sentía que el arma estaba cerca... Le pidió que la dejara. —“Deja que se vaya, ¡que se joda!”— le dijo con voz temblorosa. Un silencio de muerte arropó el apartamento. Ella sudaba detrás de su cuerpo y se agarraba de su camisa sollozando. Él no iba a permitir que la matara aunque lo acusaran de ser cómplice.

En su caso ¿qué carajo le importaba si tenía perico o no?, para Pablo eso era mortal.  Porque si alguien se enteraba, lo iban a acusar de traficante y se iba a formar una guerra en el caserío. Pablo se le quedó mirando y luego de ese silencio aterrador, entre medio de la vida y la muerte le dijo: —“¡pues que se vaya la bicha y tú jódete!’—le gritó

Él se volvió hacia ella y le dijo —“¡vete”—-. Le gritó que recogiera y se fuera. Ella se levantó dando tumbos como si estuviese borracha y caminando con dificultad agarró la cartera sin mirarlos. Se escuchaba un breve gemido salir de sus labios casi imperceptibles. Las gotas de sangre estaban por todos lados y las señales de agresión estaban presentes en el apartamento. Ella salió por la puerta bajando como pudo, dejando un rastro sangriento por todos los escalones.

Si él no se hubiese metido, Pablo la hubiese matado sin remordimiento alguno y él jamás se lo hubiera perdonado. Si eso hubiera ocurrido, la historia sería totalmente diferente.

Detenido aquí, después de tantos años, hablando de ese incidente, recordó el rostro de ella, con ese pánico mortal que se tiene como cuando juegas con tu vida.

Esa fue la última vez que vio con vida a la mujer de La Cueva...



Dispara de la vaqueta - improvisa respuestas y contesta sin conocer el tema a cabalidad
Perico – Cocaina
Bicha - Mujer que se pasa buscando peleas y se cree que es la mejor de todas

Capítulo 5, Al Final del Camino, novela escrita por José Carlo Burgos. © Todos los derechos reservados, 2018. Prohibida la reproducción total o parcial sea digital o copias digitales sin previa autorización del autor. Ilustración: José Carlo Burgos. Los personajes son ficticios. Cualquier semejanza a la realidad, es pura coincidencia.

Al Finan del Camino - Capítulo 7

El silencio del final... Ella se había ido definitivamente al igual que su juventud. Ella físicamente estaba lejos de ser la misma pe...