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6/08/2026

El costo de la verdad

 


El despido del veterano periodista Scott Pelley de 60 Minutes, el programa de noticias más visto de Estados Unidos, constituye mucho más que un cambio administrativo dentro de una empresa de comunicaciones. Para muchos observadores, representa una señal alarmante sobre las crecientes presiones políticas e ideológicas que enfrentan los medios de comunicación y sobre los riesgos que ello supone para la libertad de prensa y de expresión en una sociedad democrática.

Hay que destacar que cuando hablamos de 60 Minutes hacemos referencia a uno de los espacios periodísticos más influyentes de la televisión norteamericana. Desde su debut en CBS en 1968, el programa ha sido hogar de algunos de los periodistas más respetados de su generación. Mike Wallace, Ed Bradley, Leslie Stahl, Anderson Cooper y Scott Pelley forman parte de una tradición profesional construida sobre el rigor investigativo, la profundidad de sus reportajes y la voluntad de confrontar al poder cuando las circunstancias lo requieren.

Consagrada en la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, la libertad de prensa protege el derecho de recabar información y difundirla sin interferencias indebidas del poder político. Como señalan diversos estudios sobre el tema, en los sistemas autoritarios los juicios secretos, la censura y el encarcelamiento suelen convertirse en herramientas para restringir el flujo de información y controlar la narrativa pública. Aunque Estados Unidos dista de ser una sociedad totalitaria, resulta imposible ignorar ciertas tendencias que han ido erosionando la confianza en las instituciones periodísticas y que amenazan con normalizar formas más sutiles de presión y represalia.

Desde su llegada a la política nacional, Donald J. Trump ha sostenido en numerosas ocasiones que la prensa constituye "el enemigo del pueblo". La expresión no es trivial. A lo largo de su trayectoria política ha mantenido una relación conflictiva con numerosos medios de comunicación y periodistas. Uno de los episodios más recordados ocurrió en 2018, cuando al periodista Jim Acosta se le revocaron temporalmente sus credenciales de acceso a la Casa Blanca tras un enfrentamiento con la administración. Aquella controversia fue interpretada por muchos como un intento de intimidar a una prensa cada vez más crítica.

Mientras tanto, figuras mediáticas afines al discurso político del presidente, como Alex Jones, Steve Bannon o Ann Coulter, han disfrutado de una influencia considerable sin enfrentar niveles comparables de hostilidad por parte de quienes hoy denuncian los excesos de la prensa tradicional. Esa asimetría ha contribuido a profundizar la polarización y a debilitar la confianza pública en los medios informativos.

Los acontecimientos recientes en CBS News parecen formar parte de un cuadro más amplio. A finales de mayo fueron despedidas las corresponsales Cecilia Vega y Sharyn Alfonsi, así como la productora ejecutiva Tanya Simon, en medio de una profunda reorganización de 60 Minutes. Pocos días después, Scott Pelley fue separado de la cadena tras cuestionar abiertamente las decisiones de la nueva administración editorial encabezada por Bari Weiss y el productor ejecutivo Nick Bilton.

La controversia no surgió de la nada. Durante años, algunos periodistas vinculados al programa han denunciado presiones editoriales y desacuerdos sobre el manejo de determinados temas políticamente sensibles. En el caso de Cecilia Vega, resulta imposible olvidar aquel momento de 2018 en que Trump respondió a una de sus preguntas con una expresión cargada de desprecio: “I know you're not thinking, you never do”. Más allá del incidente particular, el mensaje era claro: desacreditar al periodista para debilitar la legitimidad de la pregunta.

Las tensiones internas que culminaron con la salida de Pelley comenzaron a hacerse visibles tras la llegada del nuevo productor ejecutivo, Nick Bilton. En una entrevista reciente concedida a Lulu García-Navarro para The New York Times, el veterano periodista describió el profundo malestar que provocó entre la redacción el mensaje inicial enviado por la nueva administración de CBS News.

Según Pelley, Bilton sugirió que el programa había quedado congelado en el tiempo desde 1968, una apreciación que muchos interpretaron como un menosprecio hacia la trayectoria de un espacio informativo que ha definido el periodismo televisivo estadounidense durante décadas. El periodista afirmó que sintió la necesidad de defender no solo la transmisión, sino también a las personas que la hicieron posible.

Sus palabras resultan particularmente reveladoras: detrás de cada investigación, de cada corresponsal enviado a una zona de guerra y de cada productor que documenta acontecimientos de alto riesgo existe una comunidad profesional unida por vínculos forjados en circunstancias extraordinarias. Para Pelley, el verdadero problema no era únicamente el contenido del mensaje, sino la impresión de que quienes hoy dirigen CBS News desconocen la naturaleza de ese compromiso humano y profesional que durante décadas distinguió a 60 Minutes.

Ese tipo de menosprecio, ya sea hacia periodistas individuales o hacia instituciones enteras, ha servido como antesala de un fenómeno más preocupante: la erosión gradual de la confianza en la verdad verificable. Cuando se desacredita sistemáticamente a quienes investigan, cuestionan o fiscalizan el poder, se crea el terreno fértil para que prosperen las medias verdades, la desinformación y la propaganda.

En ese contexto, el caso de Scott Pelley adquiere una dimensión particularmente simbólica. Según diversos reportes, el periodista cuestionó internamente las decisiones adoptadas por la nueva dirección de CBS News y denunció intentos de alterar estándares editoriales que durante décadas definieron la reputación de 60 Minutes.

Sus críticas provocaron un enfrentamiento abierto con la gerencia y culminaron con su despido. Lo ocurrido ha generado preocupación tanto dentro como fuera de la industria periodística por las posibles implicaciones para la independencia editorial de uno de los espacios informativos más respetados de la televisión estadounidense.

Más allá de las simpatías o diferencias ideológicas que puedan existir respecto a Pelley, la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿qué ocurre cuando las decisiones corporativas, los intereses políticos y las presiones económicas comienzan a influir sobre la producción de noticias? La respuesta es inquietante. El periodismo deja de servir al interés público y comienza a responder a intereses particulares.

La prensa rigurosa, aquella que verifica, contrasta y contextualiza los hechos, suele convertirse en un obstáculo para quienes aspiran a controlar la narrativa pública. Por ello, no resulta extraño que algunos sectores busquen desacreditarla, debilitarla o transformarla en un instrumento dócil. Cuando la rentabilidad, la influencia política o los cálculos estratégicos sustituyen los principios periodísticos, la dignidad profesional y el compromiso con la verdad quedan subordinados a otros intereses.

Cuando eso sucede, conceptos fundamentales como la libertad de expresión y la libertad de prensa dejan de ser garantías reales para convertirse en meras consignas. La historia demuestra que los ataques a la prensa rara vez comienzan con censura abierta; con frecuencia se inician mediante la intimidación, el descrédito, la presión económica o la sustitución progresiva de voces independientes por otras más complacientes.

Lo ocurrido en 60 Minutes debe servirnos como advertencia. No se trata únicamente del futuro de un programa de televisión ni del despido de un periodista reconocido. Se trata de la fragilidad de las instituciones encargadas de fiscalizar el poder y de la facilidad con que pueden ser transformadas cuando convergen intereses políticos, económicos e ideológicos.

La verdad tiene un costo. Y cuando una sociedad deja de estar dispuesta a pagarlo, termina pagando uno mucho mayor: la pérdida de su capacidad para distinguir entre la realidad y la propaganda.

5/26/2026

La erosión sistémica de la libertad nos deja a merced del poder ¿Cuándo el poder decide qué voces permanecen?

 


Este escrito examina las expresiones del presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones, Brendan Carr, durante la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), en el marco de una erosión sistémica que pretende castigar y condicionar el discurso disidente por razón de su contenido. 

En ese contexto, se analizan dos decisiones del Tribunal Supremo de Estados Unidos: Tinker v. Des Moines y Hustler Magazine, Inc. v. Falwell, con el propósito de reafirmar que el discurso protegido por la Primera Enmienda incluye expresiones incómodas, ofensivas y satíricas, particularmente cuando estas se dirigen a figuras públicas o personalidades influyentes dentro del ecosistema nacional de información y noticias. 


Este referente jurídico se enfrenta hoy a un entorno político y mediático que trasciende una administración específica para convertirse, peligrosamente, en una norma ideológica orientada a legitimar el control o monopolio de la información desde el poder del Estado.


El 24 de febrero de 1969, el Tribunal Supremo de Estados Unidos falló a favor de unos estudiantes en el histórico caso Tinker v. Des Moines, dictaminando que la libertad de expresión se defiende incluso dentro de las aulas. Casi dos décadas después, en 1988, el mismo tribunal blindó el derecho a la sátira y al insulto político en el caso Hustler Magazine contra Falwell. Ambas decisiones históricas trazaron una línea clara: en una democracia, el disenso y la provocación son derechos inalienables frente al control estatal.


Sin embargo, el panorama actual es alarmante. 


Más allá de las fronteras de una administración norteamericana de turno, la idea misma de conmocionar, silenciar y cancelar las expresiones libres formula un estado de peligrosidad presente y futuro. Hoy, la erosión sistémica de esta libertad nos está dejando, peligrosamente, a merced del poder.


El peligro ya no es una hipótesis de escuela de derecho. Si pensamos por un momento en el rol del Ejecutivo actual, observamos cómo quien dirige las pautas de la comunicación pública se ha dedicado a asfixiar la independencia mediática mientras se fortalecen monopolios de información afines a su entorno ideológico. 


¿En dónde estamos parados cuando el árbitro del juego celebra abiertamente la caída de las voces disidentes?


La respuesta es tan explícita que asusta. Según reportó la cadena internacional Democracy Now!, el propio presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC), Brendan Carr, celebró recientemente la cancelación del programa satírico de Stephen Colbert como parte de una campaña sistemática liderada por Donald Trump contra los medios tradicionales.


Durante la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), Carr sentenció con un tono de victoria: "El presidente Trump se enfrentó a los medios de comunicación que difunden noticias falsas y está ganando. Miren los resultados hasta ahora: PBS sin financiación, NPR sin financiación, Joy Reid fuera de MSNBC, el soñoliento Chuck Todd fuera, Jim Acosta fuera, John Dickerson fuera, Colbert se va, CBS tiene nuevos dueños y pronto CNN también tendrá nuevos miembros".


La declaración es una radiografía del colapso democrático. Cuando el organismo encargado de garantizar la neutralidad de las frecuencias celebra el desmantelamiento de la prensa pública y el descabezamiento de las mesas de opinión, la libertad de prensa deja de ser un derecho para convertirse en una concesión condicionada a la obediencia.


En resumen, aparte de que la administración Trump no tolera la verdad ni la libertad de expresión el legado de esta administración ha estado basado dentro de una visión distorsionada del poder en el que la burla y el menosprecio son armas para desmantelar el discurso crítico. Y cuando una sociedad normaliza estas conductas, la democracia se destruye a pasos agigantados.


Es imposible ignorar que, entre los defensores de esta presidencia, han figurado individuos como Alex Jones (InfoWars), Steve Bannon (Breitbart News) y Ann Coulter, todos promotores de una agenda extremista que menosprecia las minorías. Manipula la opinión pública y fractura la nación dentro de un conflicto ideológico sin precedentes.


Bajo el amparo de una religiosidad hipócrita, esta administración ha intensificado su ataque contra la diversidad y la comunidad hispana. Ha fomentado una retórica divisiva que ha llevado a más del 30% de la población a creer que el periodismo es el enemigo, cuando en realidad es uno de los últimos bastiones contra la injusticia y la corrupción.


En ese sentido, el fin justifica los medios en esta presidencia, y la prueba está en su estructura de poder: una maquinaria calculada que explotó cada grieta del sistema para instalar un modelo que socava la democracia. El resultado es un país más dividido que nunca, donde la verdad es una víctima más del juego político.


Un juego que podría exceder esta administración y transformarse en punta de lanza para que otra administración pueda utilizar estos mismos preceptos para perpetuar un sistema cuyo monopolio en torno a la libertad de expresión y la comunicación pública pueda mancillar nuestra vida de aquí en adelante.

5/13/2026

Cultura de cancelación: erosión de la integridad personal e individual


La cultura de cancelación no silencia únicamente voces; también pone a prueba la tolerancia, el debate y los límites mismos de la libertad de expresión en la era digital.

Sin duda, el presente periodo histórico ha estado matizado por múltiples intentos de cancelar, silenciar o desacreditar a quienes disienten de determinadas posturas políticas, ideológicas o culturales. Incluso desde la propia presidencia norteamericana se han impulsado dinámicas de confrontación dirigidas hacia periodistas, comediantes y figuras públicas críticas de la administración. Tan reciente como el pasado 28 de abril, el presentador Jimmy Kimmel tuvo que defender públicamente el derecho a la libertad de expresión luego de que comentarios realizados en su programa provocaran presiones hacia ABC para solicitar su despido.

Contrario a la búsqueda consensual de ideas y al intercambio abierto de perspectivas, la cultura de cancelación se configura, como expresa Jonathan Rauch, dentro de un espacio que opera como un campo de batalla simbólico, en el cual se intenta “organizar, desmoralizar y manipular” mediante campañas de presión pública, desinformación o exclusión social. La cancelación no solamente pretende castigar una idea; frecuentemente procura desacreditar a la persona, erosionar su reputación y excluirla de los espacios de interacción profesional, académica o mediática.

Sus defensores argumentan que determinadas formas de denuncia pública pueden constituir mecanismos legítimos de responsabilidad social frente a expresiones discriminatorias o abusivas. Sin embargo, el problema emerge cuando tales dinámicas dejan de promover la deliberación y pasan a operar mediante intimidación, coerción social o campañas de hostigamiento dirigidas a destruir la credibilidad individual.

Si miramos retrospectivamente, podríamos identificar múltiples ejemplos de cancelación pública. Uno de los casos más notorios ocurrió en 1989, cuando el líder supremo iraní Ruhollah Khomeini promovió una campaña contra el escritor Salman Rushdie tras la publicación de Los Versos Satánicos. Khomeini declaró públicamente que la obra atentaba contra el Islam e instó al asesinato del autor y de cualquier persona vinculada a la publicación del libro. Con recompensas millonarias y múltiples ataques violentos relacionados con la novela, el caso representó una de las formas más extremas y literales de cancelación: la eliminación física y simbólica del adversario.

En Puerto Rico, un fenómeno distinto, aunque igualmente relacionado con la presión colectiva y mediática, ocurrió en 2013 con la salida del aire de SúperXclusivo por WAPA TV. Luego de expresiones realizadas por el personaje de La Comay sobre el asesinato del publicista José Enrique Gómez Saladín, se desarrolló una intensa campaña de rechazo público en redes sociales, incluyendo el movimiento “Todos Somos Enrique”. El retiro masivo de auspiciadores y la presión digital terminaron provocando la salida del programa luego de catorce años de transmisión. Más allá de la controversia particular, el caso evidenció cómo las plataformas digitales pueden convertirse en mecanismos de movilización colectiva capaces de afectar reputaciones, contenidos y estructuras mediáticas completas.

Otro ejemplo significativo ocurrió en el ámbito académico con Rebecca Tuvel. En 2017, la académica publicó un artículo en la revista feminista Hypatia defendiendo la discusión filosófica sobre la transracialidad. Aunque el texto había sido revisado y aprobado académicamente, provocó una intensa reacción pública en redes sociales y dentro de sectores universitarios. Cientos de académicos firmaron cartas exigiendo la retractación del artículo y una disculpa pública de la autora. En redes sociales, Tuvel fue objeto de ataques personales, insultos y cuestionamientos dirigidos incluso a exigir su despido. El caso reflejó cómo determinadas dinámicas digitales pueden desplazar el debate racional para sustituirlo por mecanismos de presión moral y exclusión pública.

Estos casos evidencian cómo la cultura de cancelación ha logrado insertarse dentro de la mediación social contemporánea. Según Rauch, algunos de sus efectos más visibles incluyen:

1. Castigar a la persona en lugar de debatir la idea.

2. Reducir la diversidad de expresión.

3. Incentivar la demagogia y el extremismo moral.

4. Destruir reputaciones y credibilidad pública.

5. Promover dinámicas de intimidación y acoso colectivo.

De manera similar, John McWhorter sostiene en su libro Woke Racism: How a New Religion Has Betrayed Black America que en numerosos espacios universitarios y sociales prevalece una forma de censura autoimpuesta basada en el temor al rechazo público. Diversas encuestas realizadas durante los últimos años reflejan que una parte considerable del estudiantado universitario evita expresar opiniones controvertibles por miedo a represalias sociales o académicas. Cuando estos temores se trasladan al ecosistema digital, el riesgo de exclusión pública se amplifica exponencialmente.

En este contexto, las redes sociales y plataformas digitales adquieren un rol central. La teórica José van Dijck sostiene que las plataformas contemporáneas no son espacios neutrales, sino estructuras programadas que organizan y condicionan las interacciones humanas. Entre sus características principales destacan:

Programación: capacidad de las plataformas para dirigir contenido mediante algoritmos y estructuras codificadas.

Popularidad: utilización de métricas y tendencias que amplifican determinados contenidos y narrativas.

Conectividad: integración acelerada de comunidades y alianzas digitales alrededor de intereses o causas comunes.

Dataficación: recopilación y análisis constante de información conductual para influir sobre dinámicas sociales, políticas y culturales.

Estas características permiten que campañas de presión, boicot o desprestigio adquieran una velocidad e impacto sin precedentes. La cultura de cancelación no opera únicamente desde individuos aislados; se desarrolla también dentro de arquitecturas digitales diseñadas para maximizar interacción, viralidad y reacción emocional.

De igual manera, doctrinas como “words that wound” (“las palabras hieren”), desarrolladas progresivamente en ambientes académicos y jurídicos estadounidenses desde finales del siglo XX, contribuyeron a consolidar una sensibilidad institucional orientada a restringir expresiones consideradas ofensivas o perjudiciales. Aunque originalmente dichas iniciativas buscaban proteger a sectores vulnerables frente al hostigamiento o la discriminación, también abrieron debates complejos sobre los límites entre protección, censura y libertad de expresión.

En definitiva, la cultura de cancelación refleja una transformación profunda en las formas contemporáneas de interacción social. Las redes digitales han ampliado extraordinariamente la capacidad de participación pública, pero también han facilitado mecanismos de vigilancia moral, hostigamiento colectivo y destrucción reputacional. Cuando la discusión racional es sustituida por campañas de intimidación o exclusión, la deliberación democrática se debilita y la libertad intelectual comienza a erosionarse.

No obstante, algunos de estos intentos de cancelación también han encontrado resistencia. Rebecca Tuvel nunca fue despedida ni sancionada por su universidad, y la revista Hypatia jamás retractó su artículo. Posteriormente, diversos académicos defendieron públicamente su derecho a la libertad académica y a la discusión intelectual abierta. La propia Tuvel expresó posteriormente que aquella experiencia fortaleció aún más su defensa de la libertad de expresión y del intercambio crítico de ideas.

En una época profundamente marcada por las mediaciones digitales, preservar espacios de discusión abierta, tolerancia intelectual y disenso legítimo constituye uno de los mayores desafíos de las sociedades contemporáneas.


Referencias:
 
Dick, J. v. (2016). *La Cultura de la Conectividad: Una historia de las redes sociales*. Buenos Aires: Siglo XXI.

García Canclini, N. (2004). *¿De qué estamos hablando cuando hablamos de lo popular?* Diálogos en la acción, primera etapa, 153-165.

Gillespie, N. (2021). *Self Cancelation, Deplatforming and Censorship*. Reason, 2-12.

Jiménez, D. G. (2010). *Los impactos de la ideología técnica y la cultura algorítmica en la sociedad: una aproximación crítica*.
 
McWhorter, J. (2021). *Woke Racism: How a New Religion Has Betrayed Black America*. New York: Penguin Random House LLC.

Rauch, J. (2021). *The Constitution of Knowledge: A Defense of the Truth*. Washington: Brookings Institution Press.

Vega, T. (2012, December 16). *Commenting on a Death Gets Puppet in Trouble*. The New York Times.

5/04/2026

Gigantismo gubernamental: construcción de un discurso y sus consecuencias en Puerto Rico

 


Representación visual del discurso de “gigantismo gubernamental” como mecanismo de legitimación política durante el proceso de reducción del Estado en Puerto Rico.

Hablar de “gigantismo gubernamental” en Puerto Rico no es simplemente referirse al tamaño del Gobierno. Es, más bien, entrar en un terreno donde el lenguaje conceptual de su descripción nos dejó una secuela de consecuencias que las vivimos al día de hoy.

Por lo que este escrito intenta colocar una premisa fundamental: el gigantismo gubernamental no solo fue un diagnóstico, sino una construcción discursiva que, con el tiempo, legitimó decisiones de política pública que incidieron directa y gradualmente sobre el aparato gubernamental y la vida de miles de servidores públicos.

 

El problema no fue el término, sino su función

El uso del concepto de gigantismo gubernamental se remonta, al menos formalmente, a la década de 1990, en medio de discusiones sobre la crisis fiscal y administrativa del país. Desde entonces, comenzó a configurarse como una explicación recurrente para justificar el deterioro del Estado.

Sin embargo, asumirlo como causa principal implicaba simplificar un fenómeno mucho más complejo.

Distintos autores ya advertían que el crecimiento del aparato público no respondía necesariamente a una “patología” administrativa, sino a condiciones estructurales: la insuficiencia del sector privado, la necesidad de provisión de servicios y decisiones políticas acumuladas por décadas.

§  Aun así, el término persistió.

§  Y más importante aún: se consolidó.

De la discusión al andamiaje ideológico

A medida que avanzaba la década del 2000, el gigantismo gubernamental dejó de ser un concepto en debate para convertirse en un elemento central del discurso político.

Su incorporación en exposiciones de motivos de leyes, declaraciones oficiales y narrativas mediáticas no fue incidental. Respondía a la configuración de un marco ideológico que comenzaba a privilegiar la reducción del Estado como solución a la crisis fiscal.


En ese proceso, el lenguaje jugó un rol determinante.

Nombrar el problema como “gigantismo” no es neutral. Supone exceso, desproporción, incluso enfermedad. Es, en esencia, un eufemismo cargado de intención que orienta la interpretación pública hacia una única dirección: el gobierno es demasiado grande y, por tanto, debe reducirse.


La Ley 7: materialización del discurso

El punto culminante de este proceso se concreta en 2009 con la aprobación de la Ley 7, bajo la administración de Luis Fortuño.

En ella, el gigantismo gubernamental no solo aparece como argumento: se institucionaliza como fundamento de acción.

La reducción masiva de la nómina pública —que superó los 20,000 empleados— no puede entenderse únicamente como una medida económica. Debe leerse también como la ejecución de un discurso previamente legitimado en la esfera pública.

En otras palabras, la política pública ya había sido narrada antes de ser implementada.


Consecuencias: más allá del recorte

Uno de los efectos más significativos de estas medidas fue la alteración estructural de los sistemas de retiro.

La reducción en la cantidad de empleados activos, combinada con el aumento en pensionados, generó una desproporción que aceleró la insolvencia de estos sistemas. A esto se suma la disminución en aportaciones, lo que agravó aún más su fragilidad financiera.

Pero limitar el análisis a cifras sería insuficiente.

Lo ocurrido también implicó un proceso de desarticulación del aparato público tal como se conocía, con efectos acumulativos en la prestación de servicios, la estabilidad institucional y la relación entre el Estado y la ciudadanía.


La disputa que nunca se resolvió

Es importante señalar que el concepto de gigantismo gubernamental nunca estuvo exento de controversia.

Mientras algunos sectores lo asumían como una realidad evidente, otros lo cuestionaban abiertamente, señalando que:

el tamaño del gobierno no era desproporcionado en comparación con otras jurisdicciones

el problema radicaba en la debilidad del sector privado

o, en su defecto, en fallas de administración y distribución de recursos

Sin embargo, en términos discursivos, esas posturas no lograron desplazar la narrativa dominante.

Y en política, la narrativa que prevalece suele ser la que se ejecuta.

Un discurso que trasciende su momento

A más de una década de la implementación de la Ley 7, el gigantismo gubernamental continúa operando como referencia dentro del debate público en Puerto Rico.


Su persistencia no es casual.

Responde a que, más allá de su veracidad empírica, logró posicionarse como una categoría válida para interpretar la realidad fiscal del país y, por ende, como una herramienta disponible para futuras decisiones de política pública.

Consideración final

Este análisis no pretende negar los problemas reales del Estado puertorriqueño. Lo que propone es una lectura distinta: entender cómo ciertas ideas se construyen, se posicionan y eventualmente se convierten en mecanismos de acción.

El gigantismo gubernamental, en ese sentido, no fue simplemente un concepto.

Fue un dispositivo discursivo que permitió articular una visión específica del gobierno y, a partir de ella, justificar su transformación.

 

Y ahí radica su verdadero alcance.

4/04/2026

Valentía en la Voz: Lenguaje y testimonio visual de una expresión individual. Fotografía, cuerpo y memoria en tiempos de crisis

 


Sanación captura un instante de abrazo en medio de la protesta: un gesto íntimo que resiste la dureza del entorno colectivo. Entre consignas y reclamos, el cuerpo se convierte en refugio y la solidaridad en acto de reparación. La imagen revela cómo, incluso en medio de la indignación, emerge la ternura como forma de resistencia y posibilidad de reconstrucción.

En una época donde la tecnología fotográfica avanza a una velocidad vertiginosa, la conversación suele centrarse en cifras: más megapíxeles, más resolución, más nitidez. Sin embargo, esta obsesión por lo cuantificable muchas veces oculta lo esencial. La fotografía, en su núcleo más profundo, no depende de la cantidad de información que captura un sensor, sino de la capacidad del fotógrafo para ver, interpretar y traducir la experiencia humana en imagen.

Trabajé este ensayo con equipos que, en el lenguaje del mercado actual, podrían considerarse limitados: cámaras de 7.5 y 12 megapíxeles. Sin embargo, en la práctica, estas herramientas demostraron ser más que suficientes para construir imágenes con profundidad, carácter y sentido. Esto confirma algo que muchos fotógrafos intuyen con el tiempo: la imagen no la hace la cámara, la hace la mirada.

Valentía en la Voz, exhibida en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, recogió un momento específico: el 1 de mayo de 2018, Día Internacional del Trabajador, en medio de un paro nacional que evidenciaba tensiones profundas en la sociedad puertorriqueña. En ese contexto, un grupo de estudiantes de drama de la Facultad de Humanidades realizó un performance que, más allá de lo artístico, se convirtió en un acto de expresión política y humana.

Las imágenes no buscaron documentar el evento de manera literal. No hubo énfasis en pancartas o consignas visibles. El enfoque se situó en los cuerpos y en los rostros: en la tensión de una mirada, en la inclinación de un torso, en la apertura de un gesto. Fue ahí donde emergió la verdadera narrativa.

En algunas imágenes, los cuerpos aparecían contenidos, alineados, mirando hacia un punto fuera del encuadre. La historia no se mostraba directamente, pero se insinuaba. Había una sensación de espera, de conciencia colectiva, de algo que estaba por suceder o que estaba siendo observado con intensidad.

En otras, la energía se transformaba. El cuerpo se expandía, el gesto se volvía afirmación. La voz dejaba de ser silencio contenido para convertirse en presencia. No era solo sonido: era cuerpo, era acción, era acto político.

Este tránsito entre contención y liberación configuró una narrativa visual que reflejó no solo un performance, sino un momento histórico. Aquel primero de mayo de 2018 formó parte de una serie de eventos marcados por tensiones políticas, decisiones institucionales controvertibles y un creciente descontento social que, con el tiempo, desembocaría en cambios significativos dentro del panorama político del país.

Sin embargo, la historia de esta exhibición no se limitó a las imágenes.

Originalmente programada para inaugurarse el 18 de agosto de 2025 en la Biblioteca José M. Lázaro, la apertura tuvo que ser cancelada apenas dos días antes debido al colapso del sistema eléctrico del Recinto de Río Piedras. La falta de energía provocó la interrupción del aire acondicionado en la biblioteca, imposibilitando la realización del evento.

No fue hasta el 6 de marzo de 2026 que la exhibición pudo finalmente abrir al público.

Ese desplazamiento en el tiempo no fue un simple retraso logístico. Fue también una manifestación concreta de las condiciones estructurales que afectan a la institución. En ese sentido, la experiencia de la exhibición terminó dialogando, de forma inesperada, con los mismos temas que abordaban las imágenes: fragilidad institucional, tensión social y la necesidad de sostener la voz en medio de la adversidad.

A pesar de las circunstancias, más de 80 personas lograron ver la muestra. Sin embargo, la interrupción inicial alteró de manera significativa el impulso original del proyecto.

Sería fácil atribuir estas problemáticas exclusivamente a la falta de fondos o al desinterés del aparato estatal. No obstante, esa explicación resulta incompleta. Existen también dinámicas internasprocesos burocráticos obsoletos, estructuras administrativas desconectadas de la realidad contemporánea y una cultura institucional que, en ocasiones, parece operar desde la inercia— que contribuyen a este estado de cosas.

La experiencia universitaria misma lo evidencia: sistemas de matrícula anclados en lógicas tecnológicas superadas, procesos poco ágiles y una desconexión entre la estructura administrativa y las necesidades actuales de la comunidad académica.

Incluso en el contexto de la exhibición, la ausencia de figuras administrativas en la apertura —justificada por límites estrictos de horario laboral— reveló una distancia preocupante entre la gestión institucional y el compromiso cultural que se espera de ella.

En este sentido, resuenan las palabras de Luis Palés Matos en su prosa poética Pueblo, donde describe una estructura que sobrevive “a fuerza de ser cómodo y de estar a sus anchas”. La cita no funciona aquí como acusación aislada, sino como una reflexión vigente sobre ciertas inercias que persisten.

Y, sin embargo, a pesar de todo, la voz se sostuvo.

Valentía en la Voz terminó siendo no solo un ensayo fotográfico, sino también un testimonio de persistencia: de los cuerpos que se expresaron en 2018, y de la voluntad de sostener esa expresión en el tiempo, incluso cuando las condiciones materiales no fueron favorables.

La fotografía, en este contexto, dejó de ser un simple registro visual para convertirse en un espacio de encuentro entre arte, historia y experiencia vivida. Porque, más allá de cualquier limitación técnica o institucional, la imagen sigue siendo una forma de afirmar la existencia, la memoria y la voz.

Y esa voz, cuando es valiente, encuentra la manera de permanecer.


Voces sobre la muestra

Norma L. Pérez - Jusin expresó:
“Excelente crítica del coraje y la valentía del conglomerado estudiantil ante la injusticia educativa”.

Por su parte, Alonso Rodríguez comentó:
Sanación y Comienzo están increíbles”.


El costo de la verdad

  El despido del veterano periodista Scott Pelley de  60 Minutes , el programa de noticias más visto de Estados Unidos, constituye mucho más...