Memoria personal y formación religiosa
Recuerdo, de mi niñez, el sonido de las campanas de la iglesia: un llamado modesto y solemne que irrumpía en la madrugada de todos los domingos. Era la señal del comienzo de la primera liturgia.
Era un tiempo en el que caminaba junto a mi abuela hacia la parroquia. Hoy tan solo quedan la iglesia y una pequeña capilla, ya que el Colegio de los Sagrados Corazones cerró operaciones en 2019. Según reportó Metro, la administración del colegio notificó el cierre de la institución escolar en Guaynabo en marzo de ese mismo año.
Aunque ya no practico esa disciplina religiosa, guardo en mi interior una memoria nostálgica e infantil de un pasado que no regresará.
Fue un periodo en el que nos enfrentamos a una educación crítica y conservadora, inmersa en una religiosidad intensa. En aquellos días no había por qué preocuparse: la salvación estaba a la vuelta de la esquina.
Fueron momentos en los que, a pesar de ser jóvenes, intuíamos la intencionalidad de otros grupos cuyos preceptos eran distintos a los nuestros. Al final, estábamos convencidos de que para ellos la salvación tenía un costo. Era evidente que estos grupos, lejos de ser religiosos, eran perpetradores egoístas que, con una excelente oratoria, momificaban a cualquiera para desnudarlo de sus bienes.
Religión, crítica moral y sociedad
Nuestra vida material era sencilla, sin lujos. Pertenecíamos a una cultura social radicalmente opuesta a lo que vemos hoy: una sociedad puertorriqueña maltrecha y ceñida a un consumo rampante que, aunque en su mayoría se proclama religiosa, es sin duda profundamente hipócrita.
Recuerdo también mi proceso de juventud en el Colegio de Hostos. En él cursé los primeros grados, la etapa elemental. Allí aprendí a escudriñar los libros mientras dibujaba en las últimas páginas de las libretas Superior.
Aprendí en esa época que los hechos históricos jamás se borran, ni siquiera los de la Iglesia: cruzadas, inquisición, teologías de la revolución y, en tiempos recientes, sacerdotes expulsados de la propia institución.
En ese sentido, cuando hablamos de líderes religiosos debemos estar conscientes de que muchos de ellos no son patriarcas de la moralidad. Tal vez sea la codicia lo que nos deja claro que, a pesar de que dicen poseer el poder de la “Palabra”, la palabra que poseen no es la de Dios.
Cuando los miramos frente a sus altares, resplandecen en apariencia como actores de Hollywood, con esa vestimenta impecable y planchada, bajo la mirada de quienes buscan desesperadamente una escapatoria, quizá por aquello que alguna vez fueron.
Tal vez piensan, y están absolutamente seguros, que Dios olvida; que su pasado no fue más que un resbalón, un accidente en medio de su ascenso a la divinidad. Esa es, para ellos, la salvación.
Pero, cuando el día se cierra, terminan frente al espejo, y quisiera pensar que se quedan atrapados ante su propia miseria humana. Por eso su refugio perfecto es la religión: la coartada ideal para escabullirse y representar otra cosa.
Y eso sin tocar todavía los imperios religiosos de hoy. No son solo sus estructuras, sino también una estampida estratégica en los medios, sostenida por una evolución tecnológica y digital que les permite pedir dinero en tiempo real.
En esencia, se constituyen como un rebaño sedicioso que vive a costa de un ministerio fanático, tan absurdo como afirmar que, cuando todo termine, aquellos escogidos podrán escalar paredes de oro ante el supuesto rapto final.
En el transcurso de mi vida he visto, en algunos casos, la búsqueda de Dios como una brújula que dirige nuestros pasos. También he concluido que sería ridículo concebir la salvación como una escalera precipitada al paraíso para un número específico de escogidos. Creo que nadie puede llamarse dueño de la verdad, esa que, en algún momento, vendrá a buscarnos tarde o temprano.
Los falsos profetas están por todas partes y se propagan como un virus sin control aparente. Gritan desde las aceras y nos alejan cada vez más de la verdadera esencia de la bondad, del amor y de esos valores que son principios esenciales de nuestra humanidad.
Para mí, lo único verdadero que llena mi espíritu jamás podría estar plagado de sueños de salvación. Porque la verdad, o el significado inequívoco de la verdad, está escrita sobre un velo de misterio atravesado por miles de interrogantes.

