El silencio del final...
Ella se había ido
definitivamente al igual que su juventud. Ella físicamente estaba lejos de ser la misma persona que era. Vivía sola
en el más estricto silencio. Su profesión acaparó esos espacios ocultos cuando Pablo
se fue. Se sumergíó las horas muertas, los minutos y segundos en su trabajo,
dentro y fuera de la casa. Se mantenía ocupada todo el tiempo que podía. Así
dejaba de pensar.
La noticia estremeció el
ambiente de su apartamento, igual a un temblor de tierra, mientras cocinaba.
Esa misma voz anónima que perturbó la paz del escritor, la llamó a ella minutos
después y le dijo en segundos que Pablo había muerto. No entró en detalles. Las
manos de la ex comenzaron a temblar, dejando caer la cuchara con la que meneaba
la olla. Se agarró del tope de la barra temblando y corrió al baño a vomitar
como si estuviera borracha.
Arrodillada frente a su inodoro,
escupió la bilis porque no tenía nada en su estómago. Se levantó con mucha
dificultad y se enjuagó la boca. Salió del baño agarrándose y dando tumbos como
si le hubieran dado una pela, hasta llegar al sofá. Las escenas sexuales de
aquellos días se colaban sin explicación y la atacaban frenéticamente. Siempre
supo que Pablo fue el único hombre con quién logró ese éxtasis al que llegan
ciertas mujeres cuando gritan durante el orgasmo.
De pronto, se levantó
violentamente, agarró el teléfono y lo lanzó a la puerta, destruyendo parte de
la decoración en una de las mesas en la antesala de su apartamento. Esta vez,
los vecinos no hicieron nada cuando escucharon los ruidos. No salieron.
Pasada la medianoche y después
de haber estado llorando durante horas, encendió su “laptop” y compró un pasaje
que la llevaría Puerto Rico aproximadamente, cuatro horas después. Estaba
perturbada y sola, durante el viaje se tomó varias pastillas para
tranquilizarse. Por lo pronto, trataba de olvidar pero era imposible. Una y
otra vez pasó juicio sobre su vida.
Durante el viaje observó las
nubes como si fuesen esculturas vivientes. Vio con asombro la imagen viva de
Pablo llegando a su apartamento. Sintió sus manos deslizándose dentro de su
falda, buscando esa ropa interior entre sus piernas. Poco a poco le iba bajando
los “pantys” hasta dejarlos al nivel de sus rodillas. Ella se agarraba del
borde con sus manos trincas mientras él le subía la falda hasta quedar desnuda
de la cintura para abajo.
Sus dedos se iban acomodando
hasta que las palmas de ambas manos abrían suavemente el entorno de sus
caderas, dejando ver ese punto erótico que les fascina a muchos hombres y que
en la mayoría de los casos lo prohíbe la religión. El dedo índice de una de sus
manos se iba introduciendo mientras que con la otra mano acariciaba el bello
púbico que la protegía.
En medio de ese viaje mental, no
podía evitar mover sus manos hacia esas mismas partes de su cuerpo, pero se
detenía ante el miedo de las miradas de otros pasajeros. Pensó masturbarse en
el baño del avión, pero sabía que una vez pasara ese momento, se sentiría peor
de lo que estaba. Se sentiría mucho más sola y aislada. Además, ya las
pastillas iban haciendo ese efecto y su mirada se apagaba como cuando se cierra
una ventana, dejando un leve contorno en la oscuridad.
Había transcurrido una hora
desde que el avión despegó. Los tranquilizantes pudieron más que el deseo y el
recuerdo. Por fin se quedó dormida.
Ya faltaba poco para que se
llevaran el cuerpo sin vida de Pablo. El principio del fin se acercaba. Él se
mantenía inquieto en el lugar. Estaban a punto de servir el chocolate con queso
de bola cuando una mujer vestida de negro entró callada y cabizbaja al
apartamento. Caminaba despacio como si estuviese descalza. No miraba a nadie,
simplemente se dirigía hacia la caja. Parecía esa escena pictórica del Velorio
de Francisco Oller cuando aquel personaje funesto se mantenía frente al cuerpo
del niño como si lo hubiese venido a buscar.
La madre de Pablo la observó
desde que entró por la puerta, reconociéndola de inmediato. Era la ex’amante.
Él también la reconoció. Su juventud se había ido a morar en otra dimensión;
igual que una persona se quita una máscara y su rostro queda al descubierto
ante la mirada cruel de todos los demás. Sus ojos caídos mostraban la
pesadumbre de aquellos años que jugaba con Pablo a la infidelidad.
La mamá de Pablo la miró con
ojos llorosos mientras se le acercaba. Aunque no decía nada, era como una
transmisión tal vez telepática, infundiéndole un perdón por todo lo que su hijo
le había hecho. La mujer la miró con cierta ternura y le dijo en voz baja —lo
que pasó, pasó, no se preocupe.
Él por su parte me hablaba de un
término: entendimiento. Sonó estúpido e incongruente, pero era lo único que
Pablo le pedía a Dios. Una definición que estaba basada en su vida y sus
experiencias, era un pedido humilde que surgía como parte de su esencia. Esa palabra, encerraba una sabiduría total y
callejera. Esa sabiduría y ese mismo pedido lo mantuvo siempre con vida. Una
sintonía que estaba fuera de la pobredumbre social, religiosa e hipócrita que
nos arropaba diariamente. Un pedido sensato, que lo ayudó a tomar decisiones en
momentos cruciales.
Aunque no le gustaba estar
rodeado de gente, le pidió a su Dios que lo ayudara a bregar con cualquiera.
Cuando terminaba esas horas de contemplación, le decía con un tono autoritario,
—men, orgullo pa’l carajo.
Ahora, cuando todo aquí está a
punto de acabar, él podía tocar de cerca las mentes privilegiadas que siempre
estarán plagadas del orgullo que siempre criticó. Enfocadas en la humillación y
el discrimen. Pablo, como no era privilegiado y mucho menos académico podía ser
cualquier persona. Ese concepto del saber que tuvo sobre las cosas lo había
convertido en un ser distinto, con una visión de mundo totalmente diferente. Si
bien es cierto que fracasó con la única mujer que quizo, lo demás en su vida
fluía con entera normalidad. Sobre todo en esos espacios inciertos donde la
valentía se apodera de la sensibilidad.
Me dijo que dejó de ver a Pablo
a finales de los 80. Él ya no frecuentaba el caserío y no veía a su amigo como antes. Se veían esporádicamente. Era el tiempo de
apartarse y él había inundando su vida de trabajo para no volverse loco.
Supo que Pablo había conseguido
un trabajo en los muelles, cerca de lo que en aquella época se conocía como la
Base Naval. Me indicó que la compañía se llamaba “Puerto Rico Dry Dock”. Allí, en un espacio abierto que parecía un
precipicio, llegaban los barcos de alta mar cuando sus hélices se jodían. Si se
miraba desde arriba, parecía el hueco de un edificio cuyas puertas de metal
sólidas detenían el mar abierto. Lentamente el barco penetraba el espacio
mientras el agua de mar salía dejando la proa al descubierto, encayado en
torres de madera que sostenían miles de toneladas de peso.
Una vez el barco estaba listo y
el lugar estaba completamente seco, se bajaba una escalera estrecha y sin
barandas. Era como bajar tres pisos de un edificio. Allí, Pablo con su equipo
de soldadura, se metía en una de las cavidades estrechas de la estructura del
barco y recomponía puntos que el salitre había destruido. Eso; por el día. Por
las noches, continuaba su vida como soldado de calle hasta las madrugadas.
Mientras fumaba, recordaba esa y otras instancias de su vida con Las Fiestas de Cruz en el
Viejo San Juan, cuando por primera vez bajó con Pablo pa’ La Perla. Las vueltas
en su Camaro y el olor a pasto sin semilla en el caserío. Las discusiones
filosóficas que jamás olvidó y todo ese revuelo que cruzó por más de una
década.
A mediados de los 80 él se había
convertido en todo lo que criticaron juntos.
Él parecía un burócrata, de esos
que caminan encorvados con camisa y corbata.
Pablo se había quedado en otra
dimensión de su vida.
¿Cómo murió?—le pregunté
Me contó muy despacio que el
matador agredía a su compañera sin compasión.
Pablo estaba bebiendo con su
gente cerca de la mesa donde estaban sentados, al lado de un billar.
La pelea de pareja, que comenzó
como un chiste se había convertido en algo violento. Las palabras pueden
transformarse en instrumentos de destrucción—me decía mientras relataba lo
acontecido.
Van y vienen como si fueran proyectiles disparados a quema ropa.
Son los momentos en que el lenguaje se usa como un arma mortal.
Me contó que Pablo estaba
intranquilo porque la gritería no lo dejaba hablar con los suyos.
La escena estaba lista y la
mecha se iba a enscender en cualquier momento.
Pablo estaba a punto de
explotar y así mismo fue.
En el “Bar Paradise” una barra
de hace mil años en Guaynabo y en contra de todas las voces que lo acompañaban,
Pablo se levantó, tiró la butaca donde se había sentado minutos antes, se
acercó al individuo pidiéndole que suspendiera el escarceo.
El hombre empujó a la mujer tan
fuerte que se tropezó de frente con la mesa donde estaba su gente.
Rafi, que era el dueño y el
“bartender”, estaba a punto de salir de la barra.
La mujer se quedó inmóvil por
espacio de unos segundos. El indiduo se le cuadró a Pablo frente a frente.
Pablo esquivó la izquierda del
tipo y le metió un “tutazo” que lo viró hacia donde estaba Rafi.
Pablo se dirigía hacia la chica
cuando de pronto, una detonación inundó el espectro del lugar ante el asombro
de los que estaban allí. El hombre le había disparado por la espalda.
La chica salió corriendo
despavorida y ensangentada, puesto que el proyectil había destruido parte del
costado de mi amigo y parte de la sangre le salpicó encima.
La mujer corrió como una loca
hacia el estacionamiento. La bala había penetrado la espalda de Pablo y según
los médicos forenses, viajó por el costado, tropezando con sus huesos,
destruyendo una de sus arterias principales.
Pablo había muerto practicamente
en el acto.
Rafi agarró uno de los tacos del
billar y le bateó sin piedad la mano derecha del hombre, que era la mano que
sostenía el arma.
Su gente jamás se imaginó que el
tipo estaría armado. Mucho menos que le dispararía a su amigo.
Cuando el disparo sonó, se
agacharon de momento, pero cuando vieron a Pablo en el piso, envuelto en un
charco de sangre; sabían sin tocarlo, que estaba muerto.
Al principio, ellos iban a dejar
pegao’ al individuo allí mismo, pero de pronto, se miraron en segundos.., y el
dictámen estaba hecho. El destino de ese hombre se había escrito en
la mirada de tdos ellos. Se llevaron vivo al tipo de allí.
Dicen que su gente “pescó” al
cabrón cuando se disponía a escapar por la puerta trasera.
Justo después que Rafi le rompió
la muñeca al asesino, sacaron al asesino como si fuera un ciminal de guerra,
llevándolo hacia donde estaba la Van estacionada.
Lo tiraron adentro con el
desprecio humano que se merecía, y salieron “chillando goma” del lugar.
A estas alturas, ni él ni nadie
se ha atrevido a decir, a pensar y menos; preguntar lo que le hicieron dentro
de la guagua cuando salieron del lugar. —No quiero ni imaginarme lo que sucedió
dentro del vehículo, me dijo apesadumbrado.
Ante los ojos policiacos, el
asesino desapareció misteriosamente.
Al final de todo, dentro del
velatorio, cuando pensamos que todo estaba dicho, su madre rompió el silencio
aterrrador que había, se le acercó y le dio una pequeña nota. Le dijo al oído
que él nunca lo olvidó.
Ella le preguntó muchas veces
que por qué no lo buscaba, pero él le contestaba a su mamá que aunque sabía
dónde él estaba, era mejor así. –Si lo busco regresaríamos a lo mismo y va
a terminar jodío, mamá, le contestó siempre.
Con una voz tenue, ella le pidió
que leyera la nota sin que nadie lo viese. Así que la tomó en su mano y la
guardó en el bolsillo de la chaqueta. Caminó despacio hacia la caja de su
amigo, en un pequeño rincón donde no había nadie, comenzó a leerla.
—Sabes que no soy bueno
escribiendo cosas. También, que muchas veces tú eras el que pensabas en hacer
lo que estaba bien. Siempre te admiré por eso. Esto que te digo es para que me
hagas un último favor. Si me matan, dile a ella que me perdone. Nunca deseé
nada malo para ella. Nunca pude olvidarla. Por favor, ve donde ella y díselo
tú. A ti te va a creer.
Aunque tú te desapareciste, sé
que para ti y para mí, nuestra amistad valió la pena. Antes de que se me
olvide..., si puedes, habla con algún cura o religioso para que le diga a los
que están allá arriba, que tengan piedad de mi alma. En verdad, nunca quise
joder a nadie... Te veo... Pablo.
En ese instante, fue donde
estaba la mujer a cumplir el último deseo de su amigo. Su rostro se encontraba
frío como un tempano de hielo. Y su mirada se había desencajado cuando pensaba
cómo murió. Creo que nunca antes pudo ser tan asertivo.
La llamó varias veces hasta que
se le acercó lentamente. Le dijo que tenía una nota. Ella en un tono sarcástico
le preguntó que si este era el momento de pedir perdón. Él le pedió que no lo
jodiera y que lo dejara hablar.
Creo que uno tiene que respetar
la voluntad de los seres que uno quiere o quizo alguna vez. Comenzó diciéndole.
—El me ha pedido que lo perdones, que nunca quizo hacerte daño. Si me crees
o no, realmente me importa poco, pero creo que dijo la verdad, amiga. Quítate
ese puto reencor y déjalo en paz.
Ella se quedó muda por espacio
de segundos. Sus ojos se humedecían. Mientras le habló, se quedó en silencio y
cabizbaja. Lentamente se fue alejando de su presencia. A lo lejos, ya
desaparecía de su vista. Esa fue la última vez que la vio. No se si lo perdonó.
Al menos tuvo que haber quedado algo en su conciencia.
Sintió al fin un leve alivio. Él
había cumplido el deseo de Pablo. Por fin pudo hacer algo, aunque ya no estuviese
vivo. Se detuvo unos segundos frente a su madre para decirle que hizo lo
justamente lo que él le pidió en la nota.
Después que se despidió de mí, él
agarró sus llaves.., ya era tiempo de irse.
Cuando enscendió su vehículo
para irse sintió una presencia, esta vez, al ambiente no estaba cargado. Una
brisa penetró el espacio interior mientras enscendía un cigarrillo. Esa misma
brisa estremeció su alma dejando un sabor placentero en su espíritu. En ese
momento sintió la despedida de su amigo en sus entrañas.
Sabía que estaría agradecido.
Fin.