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5/04/2026

Gigantismo gubernamental: construcción de un discurso y sus consecuencias en Puerto Rico

 


Nota: Este artículo es una adaptación de un trabajo académico previo. Para su edición y formato digital se utilizaron herramientas de inteligencia artificial como apoyo en el proceso de redacción.

Hablar de “gigantismo gubernamental” en Puerto Rico no es simplemente referirse al tamaño del Gobierno. Es, más bien, entrar en un terreno donde el lenguaje conceptual de su descripción nos dejó una secuela de consecuencias que las vivimos al día de hoy.

Por lo que este escrito intenta colocar una premisa fundamental: el gigantismo gubernamental no solo fue un diagnóstico, sino una construcción discursiva que, con el tiempo, legitimó decisiones de política pública que incidieron directa y gradualmente sobre el aparato gubernamental y la vida de miles de servidores públicos.

 

El problema no fue el término, sino su función

El uso del concepto de gigantismo gubernamental se remonta, al menos formalmente, a la década de 1990, en medio de discusiones sobre la crisis fiscal y administrativa del país. Desde entonces, comenzó a configurarse como una explicación recurrente para justificar el deterioro del Estado.

Sin embargo, asumirlo como causa principal implicaba simplificar un fenómeno mucho más complejo.

Distintos autores ya advertían que el crecimiento del aparato público no respondía necesariamente a una “patología” administrativa, sino a condiciones estructurales: la insuficiencia del sector privado, la necesidad de provisión de servicios y decisiones políticas acumuladas por décadas.

§  Aun así, el término persistió.

§  Y más importante aún: se consolidó.

De la discusión al andamiaje ideológico

A medida que avanzaba la década del 2000, el gigantismo gubernamental dejó de ser un concepto en debate para convertirse en un elemento central del discurso político.

Su incorporación en exposiciones de motivos de leyes, declaraciones oficiales y narrativas mediáticas no fue incidental. Respondía a la configuración de un marco ideológico que comenzaba a privilegiar la reducción del Estado como solución a la crisis fiscal.


En ese proceso, el lenguaje jugó un rol determinante.

Nombrar el problema como “gigantismo” no es neutral. Supone exceso, desproporción, incluso enfermedad. Es, en esencia, un eufemismo cargado de intención que orienta la interpretación pública hacia una única dirección: el gobierno es demasiado grande y, por tanto, debe reducirse.


La Ley 7: materialización del discurso

El punto culminante de este proceso se concreta en 2009 con la aprobación de la Ley 7, bajo la administración de Luis Fortuño.

En ella, el gigantismo gubernamental no solo aparece como argumento: se institucionaliza como fundamento de acción.

La reducción masiva de la nómina pública —que superó los 20,000 empleados— no puede entenderse únicamente como una medida económica. Debe leerse también como la ejecución de un discurso previamente legitimado en la esfera pública.

En otras palabras, la política pública ya había sido narrada antes de ser implementada.


Consecuencias: más allá del recorte

Uno de los efectos más significativos de estas medidas fue la alteración estructural de los sistemas de retiro.

La reducción en la cantidad de empleados activos, combinada con el aumento en pensionados, generó una desproporción que aceleró la insolvencia de estos sistemas. A esto se suma la disminución en aportaciones, lo que agravó aún más su fragilidad financiera.

Pero limitar el análisis a cifras sería insuficiente.

Lo ocurrido también implicó un proceso de desarticulación del aparato público tal como se conocía, con efectos acumulativos en la prestación de servicios, la estabilidad institucional y la relación entre el Estado y la ciudadanía.


La disputa que nunca se resolvió

Es importante señalar que el concepto de gigantismo gubernamental nunca estuvo exento de controversia.

Mientras algunos sectores lo asumían como una realidad evidente, otros lo cuestionaban abiertamente, señalando que:

el tamaño del gobierno no era desproporcionado en comparación con otras jurisdicciones

el problema radicaba en la debilidad del sector privado

o, en su defecto, en fallas de administración y distribución de recursos

Sin embargo, en términos discursivos, esas posturas no lograron desplazar la narrativa dominante.

Y en política, la narrativa que prevalece suele ser la que se ejecuta.

Un discurso que trasciende su momento

A más de una década de la implementación de la Ley 7, el gigantismo gubernamental continúa operando como referencia dentro del debate público en Puerto Rico.


Su persistencia no es casual.

Responde a que, más allá de su veracidad empírica, logró posicionarse como una categoría válida para interpretar la realidad fiscal del país y, por ende, como una herramienta disponible para futuras decisiones de política pública.

Consideración final

Este análisis no pretende negar los problemas reales del Estado puertorriqueño. Lo que propone es una lectura distinta: entender cómo ciertas ideas se construyen, se posicionan y eventualmente se convierten en mecanismos de acción.

El gigantismo gubernamental, en ese sentido, no fue simplemente un concepto.

Fue un dispositivo discursivo que permitió articular una visión específica del gobierno y, a partir de ella, justificar su transformación.

 

Y ahí radica su verdadero alcance.

Gigantismo gubernamental: construcción de un discurso y sus consecuencias en Puerto Rico

  Nota: Este artículo es una adaptación de un trabajo académico previo. Para su edición y formato digital se utilizaron herramientas de inte...