Con este artículo intento equiparar mi experiencia como fuente para potenciar y aportar desde el marco de la resistencia social y la invisibilidad comunitaria donde las vidas parecen ser inconexas e inexistentes a través de un breve relato. En ese sentido, este escrito se inscribe en el lenguaje y la verdad, como afirma Zambrano, “desde que el pensamiento consumó su toma de poder, la poesía se quedó a vivir en los arrabales, arisca y desgarrada, diciendo a voz en grito todas las verdades inconvenientes, terriblemente indiscreta y en rebeldía” (Zambrano, 1996, p. 14).
La Sala de Trauma de Centro Médico: Epicentro de la cotidianidad invisible
Esto ocurrió en el Área de Trauma del Centro Médico de Río Piedras, mientras acompañaba a mi madre quien se había caído y no se podía mover. Un vehículo se estaciona y de su interior sale un individuo cuya apariencia era similar al atuendo de un gatillero . Del otro lado, gimiendo fuertemente, sale un personaje sin percatarse que su sangre pintó su camisa hasta la mitad de su rodilla. Mientras fumaba, yo lo observaba en las afueras cuando un guardia que fumaba también se me acercó y me dijo “esa es la adrenalina pai, y eso que tú no has visto na’, aquí acaba de pasar uno con par de tiros caminando con su hermano”.
Mientras eso ocurría, se me acercó una chica embarazada acompañando a su marido quien había llegado con un dedo colgando de un pellejo. La chica me contó que antes de llegar con su marido, los médicos le indicaron que el hijo que esperaba tenía espina bífida. Ella tenía tres hijos con el marido actual, quien era divorciado con tres hijos. Él le había sido infiel y había preñado a otra mujer y la criatura producto de ese embarazo vivía con ellos.
De pronto se nos acercó un hombre tatuado y nos relató que la noche anterior, cuando llegaba a su casa, su mujer le trancó el portón porque estaba medio borracho. Frente a su casa, su hijo estaba llegando y le texteó que había una nébula. Un auto que rondaba se detuvo. Dos hombres se bajaron. Padre e hijo, se les había bajado la nota , y estaban planta‘os frente al portón cuando estos dos se acercaron para asaltarlos.
El primero atacó al hijo con un punzón y se lo espetó en la espalda. El hijo, le arrancó el arma al asaltante y lo hirió provocándole que se retorciera. El papá, tenía al otro agarrado con un solo brazo. El hijo, consiguió una “llave de perro” y le dijo al asaltante “que le iba a explotar el cráneo”, pero el hombre logró zafarse, agarró al otro y los dos arrancaron chillando goma.
Me hubiese quedado más tiempo, pero salió el médico indicándome que los análisis de mi mamá iban a comenzar. Me despedí de todos con un abrazo. Con el tiempo, mi mamá empeoró, y antes del paso del huracán María, falleció. Mi tía, quien estuvo conmigo todo ese tiempo y era la persona que la cuidaba, murió un año después.

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