Recuerdo mis años de adolescencia como estudiante de séptimo grado en el Colegio San José de Río Piedras, un colegio católico de varones cuyos salones alfombrados y acondicionados contrastaban con el bullicio intenso del pueblo que nos esperaba afuera.
Al finalizar el periodo de clases, el timbre sonaba a las 2:50 de la tarde y, junto a mis compañeros, descendíamos la cuesta del colegio para caminar hacia lo que entonces se conocía como el Corral de las Guaguas de la AMA (Autoridad Metropolitana de Autobuses).
Nos dirigíamos hacia Capetillo, nombre con el que muchos identificaban aquella zona donde convergían las guaguas públicas. Eran tiempos en que el pasaje costaba apenas diez centavos. Sin embargo, más allá del trayecto, lo verdaderamente inolvidable era el olor del pueblo.
Las aceras estrechas, las tiendas grandes y pequeñas, los puestos improvisados repletos de misceláneas, muñecas, regalos y ropa colgando de ganchos formaban parte del paisaje cotidiano. Tiendas como La Reina, La Sortija y Pitusa prosperaban mientras el Paseo de Diego florecía con establecimientos únicos que daban identidad propia al corazón de Río Piedras.
Caminábamos seguros con nuestros uniformes escolares mientras el ruido ensordecedor de las bocinas anunciaba ofertas desde distintos comercios. El movimiento de la gente, los olores y el calor del pavimento componían una experiencia urbana imposible de olvidar.
También estaban las librerías, especialmente La Tertulia, un espacio intelectual casi sagrado donde florecían conversaciones filosóficas y políticas frente a interminables estantes de libros. En aquella época, esos lugares representaban el sueño de cualquiera que deseara pensar libremente.
Me fascinaba observar y tocar cada uno de aquellos textos. Tener en las manos Un diálogo sobre el poder de Michel Foucault, publicado por Siglo XXI, era una delicia intelectual. Pasar las páginas de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, El túnel de Ernesto Sábato o El extranjero de Albert Camus —muchos publicados por Seix Barral— se convertía en toda una aventura personal.
Y, por supuesto, estaba la Plaza del Mercado, cuyos negocios despertaban nuestro apetito con frituras y comida criolla que difícilmente podía encontrarse en otro lugar. El arroz con gandules, el pernil, las chuletas y las habichuelas guisadas poseían un sazón profundamente puertorriqueño que todavía permanece en la memoria.
Con el tiempo, el desarrollo de grandes centros comerciales, climatizados y cuidadosamente organizados, fue desplazando poco a poco aquel entorno cultural y humano que hoy resulta tan difícil de rescatar. Los hábitos de consumo cambiaron y la comodidad comenzó a dominar las decisiones de compra.
Como adulto, todavía siento una profunda nostalgia por aquellas tiendas que desaparecieron ante el crecimiento de los enormes centros comerciales y sus interminables especiales. Aun así, permanece en mi memoria el calor sofocante del pavimento, las filas repletas de gente y la energía irrepetible de un pueblo vivo.
Tampoco puedo olvidar Santa Rita y sus interminables partidas de ajedrez, acompañadas de discusiones filosóficas y debates políticos que, casi sin proponérselo, rozaban la utopía poética de nuestra patria.
Por eso jamás podré olvidar a Río Piedras.

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