U.S. Supreme Court, 1932
Back row: Justices Roberts, Butler, Stone, and Cardozo.
Para aquellos que aún insisten en que Puerto Rico no es una colonia y mucho menos un territorio, quiero compartir un extracto de la decisión judicial del caso Domenech v. National City Bank, 294 U.S. 199 (1935):
"Puerto Rico, una posesión insular, al igual que un territorio, es una agencia del Gobierno Federal, carente de una soberanía independiente comparable con la de un estado, en virtud de la cual pueda imponer contribuciones. La autoridad para imponer contribuciones debe derivarse de los Estados Unidos. Sin embargo, al igual que un estado, aunque por razones diferentes, esa agencia no puede imponer contribuciones a una instrumentalidad federal. Un estado, aunque soberano, está impedido de hacerlo porque la Constitución requiere que no haya intervención de un estado en los poderes conferidos por el Gobierno Federal. Un territorio o posesión no puede hacerlo porque una dependencia no puede imponerle una contribución a un soberano. Es cierto que el Congreso puede consentir a la imposición de una contribución, pero la concesión de un poder general para imponer contribuciones no debe interpretarse como consentimiento. El privilegio solo puede ser conferido por una ley del Congreso que lo haga de manera clara y expresa".
La doctrina establecida en el caso Domenech, ratificada por el Supremo Tribunal Nacional, sigue vigente y no ha sido modificada hasta la fecha.
Desde entonces, Puerto Rico ha permanecido bajo esta estructura colonial, lo que ha llevado a una notable falta de facultades frente a un entorno político local incapaz de transformar nuestra situación ante el poder extranjero de los Estados Unidos.
Esta carencia de facultades se ha materializado en un estado de derecho que ha trastocado nuestros valores y nuestra voluntad, exponiéndonos a una subestimación colonial que, con el paso del tiempo, nos ha marginado e incluso despojado de nuestra historia. Este proceso de transculturación, que se extiende por más de un siglo, ha tenido un impacto profundo en la identidad puertorriqueña.
Es precisamente este proceso el que nos ha sumido en un curso imperial, cuyo dominio ha socavado nuestros preceptos y convicciones frente a un sistema de gobierno extranjero y racista. Hoy en día, esta narrativa se ha fortalecido, mostrando un poder omnipresente dentro de la esfera occidental.
Un ejemplo claro de esta situación lo encontramos en un mensaje presidencial, el cual ha servido como punta de lanza para la creación de una nueva nación cuyos valores sociales parecen haber humillado a Puerto Rico, sosteniendo un marco de desdén y estigma racial, representativo del estado actual de Estados Unidos. Esta ideología ha trascendido los límites de nuestro territorio.
Existen muchos ejemplos de esta realidad. Uno de ellos fue la respuesta que recibí a un artículo que escribí sobre inmigración. La respuesta fue la siguiente: Enlace al artículo. Los comentarios recibidos fueron los siguientes:
- "GO HOME MEXICANS AND MUSLIMS!"
- "Well, if illegal aliens had not attacked so many citizens, killing, raping, shooting police, then we could discuss that. Since they did that, the best thing is to remove them all from America and let them come in one by one fully vetted and only taking in the best of the best."
Asimismo, el comediante Tony Hinchcliffe se refirió a Puerto Rico como "literalmente una isla flotante de basura en medio del océano", durante un evento político de Donald Trump en el Madison Square Garden, en Nueva York, previo a las elecciones de 2024.
De manera irónica, en un evento celebrado en Nueva York, donde el 17% de la población puertorriqueña (aproximadamente 1 millón de personas) reside, el comediante dejó claro que, para él, Puerto Rico no es más que un desperdicio.
Aunque este incidente generó una ola de críticas desde el ámbito republicano, es evidente que, para esta administración, los epítetos y el desprecio hacia Puerto Rico se han convertido en parte del discurso que cuestiona nuestro origen, nuestra raza, y nuestra capacidad intelectual.
En este sentido, a pesar de que no estamos solos en esta disfunción política extranjera, como afirma el decreto judicial que citamos al inicio — que nos considera un ente soberano dentro de un ámbito territorial — la perpetuación de este régimen imperial representa una ruptura y destrucción de un sistema que ya no defiende la libertad ni el estado democrático como principios fundamentales de ley, orden y convivencia social.

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